BIOPOLÍTICA, SALUD SOCIAL, Y NECROPOLÍTICA

Fue principalmente Foucault pero también otros pensadores del siglo XX los que pusieron de moda el término biopolítica para referirse a la relación del estado con las vidas de la gente conformando ritmos más o menos estandarizados para el ciclo vital. Las políticas del bienestar fueron reflejo de esa pasión ilustrada por optimizar la existencia colectiva influyendo desde la decisión o no de engendrar con las llamadas políticas demográficas a nivel mundial, hasta las pautas higiénicas y de consumo y los trances del fin de la vida. La biopolítica fue el apogeo del optimismo estatista que se encontró de repente con unos poderes cuasidivinos en su mano y una ingenua y mayoritaria aceptación. Sin embargo, la fase maníaca de este hipnotismo colectivo para con las bondades del estado protector no podía durar vistos los efectos depredadores producidos sobre la libertad y el medio ambiente. Por eso ahora hemos entrado en la época post, que es decadente y depresiva al mismo tiempo.

Hay infinitud de conjeturas sobre si y cómo podremos salir de este tiempo post, con innovaciones de léxico de lo más variopintas. Hoy en día si no le pones delante el post a algo no innovas nada y por eso los postmodernos se afanan en explicarnos qué es la postdemocracia, la postverdad, o la postsecularidad. Casi todos los apóstoles y adivinos del género post son intelectual, y en muchos casos también anímicamente, depresivos: Beck, Bauman, Zizec, Han, etc. Es lo que toca. La pregunta que cabe hacerse es la de si efectivamente la evolución lógica de la biopolítica es la necropolítica o si hay algún posible camino alternativo.

La necropolítica parece un hecho consumado, un fait accompli. La encontramos en la génesis del estado abortista que conforma el ADN primigenio de lo que muchos llaman pensamiento único o nuevo orden mundial, y, por supuesto, también está presente en la proliferación y dependencia atómica, en la destrucción del medio ambiente hasta límites ante los que algunos comienzan a hablar de ecocidio, y en la anteposición del beneficio sobre la gente, de la que hace gala la ideología económica dominante. La necropolítica caracteriza actualmente la relación del estado con su gente en la mayoría de los así llamados países más desarrollados. Lo post parece estar colmando su medida pues la postdecadencia no aventura más que finitud, el éxito de la misión que la necropolítica se propuso a sí misma engañándonos a todos. Una visión que seduce a algún iluminado con el ilusorio ficcionario de una transmigración gnóstico científica hacia un nuevo reino de transhumanos y ciborgs: la metamorfosis cósmica regeneradora de nuestra especie.

Suena a disparate y lo es. Pero no porque no sea ni posible ni verosímil ni porque no se procure ni haya quienes defiendan con ahínco tal despropósito. De la necropolítica no puede salir nada bueno. Entonces, ¿por qué perseveramos en ella? ¿Hay, como decíamos, caminos alternativos?

Hay uno pero es duro de roer. Y es que para enfrentarlo hay que volverse de post a anti y lo anti está hoy muy, pero muy mal visto. Bien, pues hay que dejarse de remilgos y afrontarlo: vamos a ponernos enfrente, no del lado de los necros y decirles: por acá no pasarán, les retiro la consideración al punto de que pueden contarme entre sus contrincantes militantes; más aún, la confrontación que va a seguir la jugaremos según mis reglas y no las suyas: prepárense para una polémica sin tregua ni cuartel. Suena duro, ¿verdad? Pero, como decíamos antes, es lo que toca. No hay otra en mi opinión y veamos hasta qué punto.

Pienso que hay unos antis de partida de irresoluta necesidad y que podemos etiquetar como la postura anticonservadora y la estrategia antipolítica. Poco hay que conservar del legado post, es más, es necesario hacer ver que el mero curso inerciático de eventos es irreconducible con los instrumentos que la misma inercia nos lega. Ni las instituciones, ni los procesos, ni la cultura que los permea, en la medida en que estos elementos están encapsulados en estructuras de poder consolidadas son capaces de revertir el rumbo de connotaciones negativas previsibles para el devenir del mundo. Al ánimo del pactismo conservador y cómodo repele el deseo de cambio y giro a lo opuesto que demanda la necesidad de poner por delante la vida de la gente sin poder. Hablamos de los no nacidos, de los que tendrán que convivir durante miles de años con residuos radiactivos, y de los que no deciden nada de cuanto se emprende. Afirmarse como anticonservador es definirse como objetor, insumiso, e inconforme con causa. Libres de ataduras con el estado de cosas a las que nos aboca la necropolítica pretendemos que no tenga nada que ver con nosotros: arrojarla de nuestras vidas.

Y lo queremos hacer con una estrategia antipolítica. No vamos a caer en el engaño de los juegos de azar: no pretendemos conquistarles para ganar el premio de ocupar su lugar. Nos damos cuenta de que el ansia de poder ajeno es el veneno que lo ha emponzoñado todo. Un veneno contagioso que no queremos tocar ni siquiera para destruirlo, máxime cuando nos damos cuenta que la mejor manera de acabar con él es simplemente irse. Un poder deja de serlo cuando se queda sin súbditos. Y eso lo podemos hacer. Irnos sin movernos del sitio; dejar de ser súbditos para convertirnos en señores de nosotros mismos; autodominarnos para dejar de ser dominados y dominantes. La antipolítica así entendida conduce a la reducción del estado y de los centros de poder en general a su mínima expresión. Y también, en definitiva, a la aparición de una civilidad que no consiente en delegar sus responsabilidades en representantes con beneficio.

Y aquí entra el tercer término del título que hemos puesto arriba: la salud social. Hace ya años que se sigue investigando, midiendo y comparando la salud social en países y colectivos diversos y entre las cosas que se han sacado en claro, una, quizá la más importante, es que llegado un punto de desarrollo científico-técnico y de cultura jurídica, la salud social depende más de lo civil que de lo político. Más de las familias que de los estados; más de las comunidades que de los gobiernos; más de las relaciones libres que de las directivas burocráticas. ¡Qué bueno sería que la biopolítica diese paso a la salud social en vez de a la necritud! Estoy convencido que ese trasiego puede darse si intervenimos para que al menos se dé dentro de nosotros.

Vicencio González

Director de la Escuela de Escritores

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