De cómo conocí la caza de conejos

Luis Perdomo

Sesión 1: Caza de conejos

Papá se volvió adicto a la caza de conejos, enloqueció, seguramente fue después que mamá se fuera. Patrick, mi hermano mayor, dice que eso fue lo que lo desquició. En paz descanse el bueno de Patrick. No merecía aquella muerte.

Por aquel entonces vivíamos en el campo, en una empolvada casa grande y blanca. Yo era muy pequeño cuando mamá se fue, pero por las noches llorando y asustado, Patrick me inducía a imaginarla. Con voz inocente, me decía que ella siempre tenía los ojos seguros y claros y que cuando hablaba se podía saber si te amaba o no. «De seguro a ti te habría amado» decía para calmarme los sollozos. ¡Qué bueno eras, Patrick! Quizás eso fue lo que verdaderamente te mató. Tú tampoco conocías a mamá más de lo que la conocía yo —eso lo supe al rememorar lo que pasó después—, solo la imaginabas para después describirla para mí.

Mann, mi psiquiatra, dice que debo relatar todo lo que pasó para desahogar mi alma.

Bien, aquí voy: en ese tiempo mi papá, el Gran Cazador, era una figura negra, dominante. Con su metro setenta y sus noventa kilos de musculatura daba la impresión de una fuerza inmensa. Patrick y yo vivíamos aterrados en la casa del campo, bajo su sombra. El Gran Cazador no siempre era serio; sonreía amablemente en muchas ocasiones, una gran sonrisa que sobresalía de su barba poblada; pero no te dejes engañar, esa era su peor sonrisa, la que te indicaba la tormenta y el golpe que, como forma de rayo, te cruzaba la cara hasta escupir sangre.

Pero lo peor eran los fines de semana; los domingos. Allí desataba todo su potencial, toda su locura, en sesiones de caza de las que volvía empapado de sudor, a veces con arañazos y cortes, y los ojos inyectados en espesa sangre. Llegaba a casa gritando:

—Esos hijoputas conejos corren. Son veloces Fran Fran. Me cuesta alcanzarlos muchas veces. Pero no, nunca se escapan. Conmigo, no.

El Gran Cazador, sin embargo, no siempre mostraba esa imagen intimidante. A veces, mientras hablaba a sus mastines, casi se podría pensar que pertenecía al género humano. Llorando en silencio mientras los bañaba podía despertar compasión. Además, ante la sociedad él era Irving, un respetado hombre de negocios. Pero eso era solo un personaje, un teatro para su público; su verdadero ser era un depredador por naturaleza.

A Patrick le gustaba en ocasiones imitar a papá, digo, al Gran Cazador. Sostenía una escopeta de cartón y jugaba a disparar a conejos imaginarios. Los dos perros de caza del Cazador se excitaban en sus jaulas y ladraban de un modo taladrante. Valga decir que estos perros eran los verdaderos hijos del Cazador, a nosotros rara vez nos dirigía la palabra, y cuando era así, nos hablaba con una extraña voz que no era propia, era fingida, como si fuera un payaso de fiestas. Fingía su voz a sus propios hijos, pero a los perros les hablaba con normalidad. Bueno como dije, un día el Cazador entró y nos vio a Patrick y a mí jugar con las estropeadas escopetas de cartón y sonrió. Esta sonrisa era genuina, sus dientes amarillos se abrieron tomando a Patrick y haciéndole girar alegremente.

—Te enseñaré todo sobre la caza de conejos. Sois unos buenos muchachos. Mis hijos. Mañana os llevaré a escoger a sus conejos.

Había algo en su voz, acariciadora y orgullosa, que me aterraba y me erizaba la piel.

La ranchera del Cazador se detuvo en un bosque.

—Vengan. Escogeremos sus conejos.

—¿En el bosque? —pregunté, porque en ese tiempo brincaba de la emoción. Nos dirigió con la excitación de los perros por una arboleda, era un camino conocido, se notaba en el desgaste del suelo. Al fin, llegamos a un claro frente a un lago; subiendo una cuesta había una pequeña cabaña.

—Allí. Suban. Yo mismo los crio. Los libero y comienza la cacería. Algunos son veloces otros no tanto. Intento ejercitarlos una vez por semana.

Patrick y yo subimos a la cabaña agarrados de mano, nerviosos. El Gran Cazador abrió la vieja puerta de madera de una patada. Dentro, no había nada. La cabaña era redonda y de madera. Ningún mobiliario. Solo una pequeña trampilla. Mientras Patrick la halaba tuve un pensamiento fugaz. «¿Si tanto caza conejos, por qué no los trae a casa?». La respuesta nos llegó en forma de imágenes. «Porque no eran conejos». Del fondo de la trampilla, en un sótano, nos miraban niños. Niños de unos cinco años gimoteando y abrazados entre sí, en calzoncillos, llorando.

—¿Ustedes son cazadores? —preguntó uno con voz débil. Mi hermano y yo estábamos en shock. No nos salían las palabras entre los ladridos de los perros sobreexcitados y la voz del Cazador diciendo que escogiéramos los más grandes, que estos corrían más.

—Los liberaré —susurró Patrick. ¡Pobre Patrick! no sabías que el Cazador, con su voz de payaso de feria y su sonrisa de amabilidad que se asomaba entre su barba poblada, no distinguía nada. Todos éramos conejos para él.

Se terminó la sesión. Tranquilos, pronto les contaré de la gran cacería.

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