Deja ir

Adriana Cacucciolo

Se escuchaban las gotas de lluvia caer sobre los toldos de los locales —esos toldos que son testigos de habladurías y hazañas en la azotea—, se sentía un ambiente insufrible, repleto de personas caminando velozmente entre las cuadras, cargando cada una con un paraguas que solo podía poseer una característica: o era multicolor o se encontraba en mal estado, eran cuadras muy angostas, de esas por donde te tropiezas con alguien cada cinco minutos, la avenida central estaba llena de coches ruidosos y conductores intolerantes, era el último viernes del mes de abril. Entre todo este caos urbano, ahí estaba Jorge, quien a pesar de que se había atrasado en sus labores del hogar, había recibido esa mañana una carta de reclamación redactada por su jefe y hasta pagó por un florero antiquísimo que se atravesó en su camino a la hora del almuerzo, seguía pensando en ella. «Ella, una cálida brisa que me hace sentir calma y así retomo mi rumbo… Ella», repetía una y otra vez la mente de este desafortunado joven.

Para Jorge, ella era similar a una luz que brillaba constantemente en su vida, quien con sus ojos le hacía ver el camino correcto, quien con sus oídos le hacía escuchar los mejores consejos y con sus labios le susurraba: «Tranquilo, cariño, todo estará bien». Él no podía imaginar qué haría sin ella, sin su recuerdo, sin su existencia divina, pero aún, a pesar de la idolatría de Jorge, existían cosas que no entendía.

«¿Cómo es que ella nunca viene a verme?», «¿Por qué nunca podemos compartir la cama por las noches?», se preguntaba Jorge incesantemente durante largas horas nocturnas. Se desvelaba en las madrugadas pensando si ella lo añoraba tanto como él a ella, pensando si ella, siquiera, daría alguna señal. Sin embargo, los días pasaban y Jorge no recibía respuesta alguna.

Una tarde durante el almuerzo, Ernesto, un compañero de trabajo cercano a Jorge, decide preguntarle acerca de sus inusuales ojeras (porque siempre estuvieron allí, solo que ese día se hicieron notar por toda la oficina):

—Jorge, ¿estás trabajando en el proyecto de emprendimiento arduamente, no es así? ¡Menudos ojerones!

—No… Estuve pensando en ella, pero estos son temas que tú nunca comprendes, así que ni hablar de eso.

—Vaya, Jorge, ¿de nuevo pensando en la misma chica día tras día? ¡A ver si me la presentas!

—Ojalá yo la conociera.

Después de esto, Ernesto miró de forma extraña a Jorge, como si se tratase de un extraterrestre en pleno. Pasados unos cuantos segundos, se atrevió a continuar la conversación.

—Tan solo por curiosidad, compañero, ¿cuál es su nombre?

—Quizás Elena, Rosa, Brígida o Anabella… Aún no lo tengo claro, hoy por hoy tan solo es «Ella».

Por suerte para Ernesto, la hora de almuerzo acabó en ese preciso momento.

Pasaban los días y las noches, y Jorge no esperaba comprensión de nadie, solo esperaba una lúcida respuesta por parte de ella, de su amor secreto, un amor que solo él podía percibir, y que poco a poco, terminó llevándolo a su punto límite. Él tomaba fuertemente su cabello y lo halaba, rasguñaba su rostro débilmente y apretaba sus puños mientras estaba de rodillas en una de las esquinas de su habitación, pensaba en ella en voz alta, como una especie de invocación, todo esto producto de no recibir una respuesta por parte de su amada. Se escuchaban los murmullos de Jorge que decían: «Ella, su manera de existir, ella, su manera de querer, ella, su manera de ser y no ser» y las noches siempre culminaban con un grito desesperanzado y desenfrenado que vociferaba: «¡¿Dónde estás?! ¡¿Por qué no vienes a mi?!».

Y así fueron pasando los meses, dos, tres e incluso cuatro, Jorge se concentró en lo que realmente le daba respuestas, terminó su proyecto de emprendimiento por el cual recibió numerosas felicitaciones por parte de los integrantes de la oficina, mantuvo su hogar organizado por unas cuantas semanas y poco a poco, mejoró su humor, ya sin pensar en ella, aunque todavía, para él, ella seguía latente.

Era el último viernes del mes de agosto, Jorge salía de un bar cercano a su residencia, donde se reunía con unos amigos de la infancia que lo habían contactado por medio de su madre, las cuadras angostas se hallaban solitarias e íngrimas, así como la avenida central, apartando a los toldos que ya no eran testigos de ningún fenómeno, solamente contemplaban la belleza de la luna, la iluminación en la calle era muy escasa, pero alcanzaba para saber dónde pisar. Jorge se dirigía a cruzar la larga avenida, iba tranquilo, incluso un poco feliz, sin imaginar que un coche venía en dirección a él con una gran velocidad, los cauchos retumbaban contra el asfalto y las luces lo impactaron de inmediato:

—¡No! ¡Frene ya, frene ahora! —gritó Jorge con todas sus fuerzas—. Pero ya era tarde, lo único que pudo escuchar fue una voz dulce y clara, que le dijo:

—Deja ir, Jorge… Ya es hora, cariño.             

Era ella.

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