DÍA DE GUARDIA

Nehomaris Sucre

 

¿Qué pasaría si desaseguro mi pistola, me la llevo a la sien y jalo el disparador?, seguramente mis sesos quedarían tatuados sobre la pared y mi sangre teñiría el piso de un modo más que artístico. Una vez maté a un hombre con un balazo en la frente. Lo vi agonizar durante unos segundos y me desesperé tanto al notar que no dejaba de respirar que coloqué mi bota sobre su hocico y le di pisotones hasta que expiró su último aliento. El charco de sangre en el suelo dibujaba un arcoíris emergiendo entre nubes, fue hermoso, como un paisaje plasmado sobre lienzo. Esta noche debo eliminar a alguien nuevamente, pero aún no elijo a la persona ni el método que emplearé.

Cruzo el pasillo a oscuras, trasladando un trozo de viga de metal y la niña que me acompaña se ríe al adivinar mis pensamientos. Lleva un vestido color lila y los cordones de los zapatos desatados. «Amárrate las trenzas» le digo para no perder la costumbre. Ojalá tropezara y rodara por las escaleras pues quisiera escuchar cómo sus huesos se quiebran durante el abrupto descenso.

El frío me sacude y la saliva se congela en mi boca. Un par de soldados exterminan con fuego un despliegue colosal de gusanos que emergen del basurero y de las alcantarillas. Me agrada el olor a carne incinerada y me acerco a las llamas para aspirarlo al tiempo que me caliento. La niña juega a hacer galletitas con los parásitos y me ofrece algunas, se ven provocativas, pero no suelo comer golosinas a altas horas de la noche.

Eco, la mascota del cuartel mueve su cola de un lado a otro al verme. Está aquí desde que era un cachorro y su rostro otrora negro se ha tornado ahora blanquecino. Me observa con ojos enternecedores. Lo llevo hasta un rincón oscuro del patio y la niña juega con él. No me gusta verla feliz porque es como observar a un demonio disfrutar de su maldita existencia. Saco mi cinturón y tomo al perro entre mis brazos, amarro la tira alrededor de su cuello haciendo un lazo y lo retuerzo con fuerza. Disfruto ver cómo lucha para zafarse, pero no puede. María llora y nadie la escucha. ¡Tengo el control!  

Debo supervisar el sótano ya que a estas horas suele ser el sitio favorito de la tropa para follar en grupo. «María, quédate afuera porque este lugar no es para niños», le advierto con aire maternal. Ella por esta vez ha obedecido. En la oscuridad sólo he hallado a un sargento ebrio con los pantalones caídos y la cara hundida en su propio vómito. Escupo sobre su cuerpo apestoso y le caigo a patadas hasta que sale del sitio. Golpear con las botas de campaña es agradable, pues se percibe el sonido del cuero impactando sobre la humanidad del otro, la suela gruesa haciendo algún daño en la carne ajena y  la sangre humedeciendo el calzado negro.

En cada punto cardinal un centinela en su garita empuña el fúsil y permanece presto para cualquier eventualidad. Esta noche el cuartel se encuentra seguro, pues soy yo quien está al mando. Verifico puesto por puesto que la munición esté completa y se cumplan los protocolos de seguridad. Si algún idiota se queda dormido durante su turno de guardia, lo inmovilizo y coloco la hoja fría de mi navaja en su yugular, le respiro en la nuca y lo amenazo con cortarle la garganta. Los pobres hombres se asustan como chiquillos, sus corazones se alteran al ser tomados de imprevisto y luego de unos segundos los suelto, no sin antes burlarme de su poco valor.

El cabo Juan Feo, abrazando su fusil, vigila la entrada norte. Me ha contado que su madre le aguarda en casa el fin de semana y que ha ahorrado dinero para comprarles ropa a sus hermanos menores. Duerme el tiempo que dura otro jovenzuelo de su edad viendo algún programa de televisión, no tiene novia, ni conoce el amor de las mujeres, más allá de la cercanía que le proporcionan las prostitutas baratas que intercambian sexo por crack en los callejones de la ciudad.

En la cocina todo está en orden. Una chicuela de tez curtida prepara el atol para el desayuno. La semana pasada se quemó un brazo con sopa hirviendo y ahora lleva la extremidad cubierta de vendas. Su piel huele a gangrena y tiene aspecto de que se desmayará en cualquier momento, pero continúa en pie para evitar que le propine una paliza por incumplimiento del deber. Así aprende el débil a ser fuerte y se forman las mujeres para la vida.

Ingreso al dormitorio femenino arrastrando el trozo metálico. Contabilizo cada cuerpo tendido sobre las camas. Parecen cadáveres a la espera de una autopsia. María zigzaguea entre las hileras de literas y se detiene en una. En la parte superior una chica obesa ronca como cerda y abajo solo hay un bulto de harapos cubierto con  sábanas. Quien debería estar ahí no se encuentra y ahora tendrá que asumir su triste destino. Las cartas están echadas: debo acabar con la manzana podrida. Leo una etiqueta estampada en la cama con el nombre de la futura difunta: «U. Arenas».

Camino hasta las celdas de castigo. El único prisionero es un teniente que yace sobre un charco de excremento. Su nombre lo olvidé en algún momento, no sé cuándo y creo que nadie más le recuerda, de modo que si lo ahogo sumergiéndole la cabeza entre la porquería, se irá de este mundo sin dejar rastros. Seguramente su madre lo espera en algún sitio, como lo espera la de Juan Feo o como me ha de esperar la mía. Quizá tiene esposa e hijos o es un pobre desgraciado sin nadie que le dé continuidad a sus genes, pero eso a nadie le importa.

Reviso todo el perímetro, pero «U. Arenas» no está en ningún lado. Por instantes pierdo la lucidez, siento centellas que me nublan la visión, escucho muchas voces al mismo tiempo y cada una me ordena algo distinto: «fuego a discreción», «Desasegura, apunta y dispara a Juan Feo», «Vuélate los sesos», «Quítate la ropa y nada entre los gusanos», «Salta las rejas», «grita para salvarte».

Olfateo el negro de la noche y las manos me tiemblan. Estoy ansiosa y cuento en mi cabeza obviando los números impares, pues sé que son de mala suerte. Necesito ducharme para deshacerme del hedor de las tinieblas. Corro, hundiendo mis botas en la gusanera calcinada hasta llegar a una cisterna. Introduzco mi cabeza en el agua y veo el rostro ensangrentado de María en el fondo. ¡Maldita sea!, la maté y no recuerdo cuándo. Sé que le asesté golpes con la viga de metal, puedo oír la colisión del objeto contra su cuerpo y sentir su sangre salpicando mi uniforme. También percibo el frío de la noche tras de mí, ciñéndome con toda su oscuridad, pero no sé en qué instante me deshice de la chiquilla.

No logro rememorar quién soy. Mi corazón arremete contra mi pecho como queriendo castigarme por todos los males que he podido causar. La soldado del brazo putrefacto saca mi cabeza del agua con su mano sana y la miro viendo el reflejo de María en sus ojos color café. ¡Debo matarla también!, desenfundo mi pistola y le disparo a quemarropa. Su mirada se pierde y el suelo se viste de rojo. La pobre infeliz cae como una estrella fugaz.  

Corro en búsqueda de U. Arenas porque sé que al terminar con ella este momento de confusión acabará ya que habré cumplido mi misión de la noche y el Altísimo me premiará con la bendición de la cordura.

Camino de prisa en dirección norte, las manos me sudan, veo a los lejos la silueta del guardia de garita y el humo del cigarrillo que fuma sin mi autorización. Saco mi arma, le apunto con temblor y presiono el gatillo. El disparo falla. Juan Feo se pone a cubierto y desde lo alto calza mi cuerpo a la mirilla de su fusil. «Alto», grita el soldado, pero no me detengo, aunque quiero. Sé que mis pies siguen andando porque necesito ver de cerca su cuerpo al caer desde la garita. El hombre retiene el aire, se fija en la dirección del viento, calcula la distancia que recorrerá el proyectil desde su puesto hasta el lugar en el que me encuentro, sonríe y jala el disparador. La bala viaja velozmente hasta impactar contra mi pecho.

Siento cómo estalla mi corazón y la sensación es parecida a cuando se detona una granada en el vacío. Me han herido de muerte, pero me consuela sentir a María echada a mi lado, sosteniendo mi mano con ternura. Logro tocar el hueco en mi pecho y ver la sangre escurrirse sobre mi portanombre que lleva inscrito en letras negras como mi vida: «U. Arenas».

Me llamo Ursula Arenas. No recuerdo cómo llegué aquí, pero estoy a punto de morir. Veo luces centellando, escucho voces y cada una me ordena algo distinto: «ve al infierno», «pide perdón y sálvate», «mueve los brazos», «levántate».

Ahora vuelvo la vista a mi ropa, llevo un vestido color lila y en letras grises se lee bordado mi nombre: «María». Alguien me partió el cráneo y me desangro lentamente mientras mi perro lame la herida. Veo el cielo abrirse y escucho a la nada esperando cobijarme. Los zapatos se me han desatado, pero nada me impide correr hacia el jardín de estrellas que yace sobre mi cabeza marchita.

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