Él y ella

Alejandra Parra

Se sentó cerca de la puerta de embarque y tomó aire como si estuviese ya treinta minutos aguantando la respiración. Gracias al cielo un retraso había jugado a su favor. El vuelo de las ocho hacia Boston estaba por llegar y solo se le ocurrían mil improperios para su amiga, también conocida como «la novia». Se había peleado con su prima y ahora la estaba mandando a ella a buscar su vestido de novia, ya que aparentemente no tenía a nadie más que aguantara el berrinche, y ella, su madrina de bodas, estaba pagando los platos rotos.

Hace seis años que no le pasaba esto. Casi perdía el vuelo. Y es que la última vez que viajaba a Francia, el neumático de su carro se había espichado y un transportista que se había apiadado, le había ayudado lo más rápido posible a cambiarlo. Ese día la suerte estaba de su lado, porque una tormenta había retrasado los vuelos y le había dado tiempo de llegar al aeropuerto de modo que dos horas más tarde, abordaba tranquilamente. 

Mucho tiempo había pasado desde que fuese una universitaria inexperta y ahora estaba ya con un divorcio encima y dos perros en casa de su hermana, esperando ser rescatados de la pareja vegetariana. 

Ese viaje a Francia había sido un renacer y una de sus mejores de sus experiencias. Aún recordaba todo de la arquitectura, la historia, la gastronomía, y una sonrisa socarrona que hasta ese momento le hacía sentir mariposas en el estómago. 

¿Cómo es que se llamaba? ¿Robert? ¿Raúl?… Richard. Ese era su nombre. El infame Rick. 

Se quedó esperando para abordar y se sobó la cien que había dejado de latir un poco. Se había despertado solo en la habitación del hotel, y había encontrado que le habían vuelto a dejar. Maldita sea, lo habían vuelto a hacer. Le habían dejado su guitarra, unos pantalones, una camisa para cambiarse y el ticket de vuelo para viajar esa noche. Los muy imbéciles creían que era una broma genial, pero ya se lo pensarían mejor cuando tuviera sus bolas friendo en un sartén. Tendría que llegar directo al ensayo y luego ir a tomar un baño para estar listo y tocar en la noche. 

La última vez le habían hecho lo mismo. No le habían despertado, sino que se había encontrado solo en el hotel con apenas lo necesario para ir al toque en Notre Dame. Si no fuese por aquel par de ojos azules que se encontró en aquel vuelo, el resto del viaje hubiese sido una mierda. 

Ella estaba atravesándole con su mirada impaciente, porque no se había dado cuenta que la estaba volviendo loca, tocando contra la mesa plegable, una melodía con dos lápices que tenía a mano. 

Todo el viaje había sido divertido meterse con ella hasta que por fin había logrado que le hablase. El resto fue una historia de aventura por Europa con ella, mientras vivían una locura tras otra. 

Al final se despidieron luego de tres semanas, y la fantasía acabó. Decidieron dejarlo así y no arruinar lo que había sido una experiencia única. Ella terminaría su carrera y el seguiría tocando en bares y pubs por toda Europa con su banda. 

Se habían dicho que si el destino y unas cervezas los volvían a traer al mismo lugar, lo intentarían, pero eso jamás pasó. El tiempo pasó y no la volvió a ver. Suponía que ahora debía de estar casada con algún respingón de familia adinerada, dos hijos y un puddle mejor vestido que él. 

Tantas cosas habían pasado desde entonces. Pero él seguía fiel a la música. Iba dónde ella le llevara. Su única mujer. Y eso seguiría haciendo, hasta que sus manos no recordaran la rigidez de las cuerdas en su guitarra. 

—Perdone, no quiero sonar ruda, pero ¿podría parar el sonido con los lápices? —escuchó decir a una mujer a su lado. 

—No me había dado cuenta que lo estaba haciendo. Es algo automático a veces.

El hombre respondió con tono divertido, riendo para sí mismo. Hizo su cabello castaño a un lado detrás de su oreja y pudo verlo disimuladamente mejor.

Su boca se secó y sus ojos se abrieron ligeramente. El corazón le latió algo rápido, pero intentó disimularlo.

Sintió una mirada taladrando a su derecha y pensó que quizá la mujer estaba más molesta de lo que había pensado. Tomó mejor asiento dentro de la silla y preparó su mejor sonrisa para sacarse la lata de encima.

Unos ojos azules le esperaban con suma atención, bajo unas largas pestañas que la adornaban. Una sensación en todo su cuerpo le gritaba que ya la conocía.

—¿Qué pasó? ¿Rick ha dejado de ser algo infame? —dijo ella tomándole el pelo, sonriendo entretenida. Fue allí que la reconoció. Ya no tenía el cabello dorado como el oro, ni los rasgos tiernos de inocencia. Ahora tenía el cabello rojo como el vino y un semblante totalmente lejos de toda ingenuidad.

—Lamento decepcionarte, pero mi reputación sigue tan intacta como el amor de Hilary por Bill.

—Dudo que dure mucho más entonces. ¿Vas a uno de tus toques por el mundo?

—Vamos a tocar en un bar de Boston mañana. La misma desorganización nos ha mantenido hasta ahora. ¿Tú?

-También Boston. Diferente razón, sin embargo.

—Y dime entonces, pequeña Anna. ¿Estás lista para otra aventura?-Preguntó con la misma sonrisa que le había hecho tomar las peores decisiones y vivir la mejor de las experiencias.

—Ya no soy pequeña.

—De eso me doy cuenta. Pero te pregunto. ¿Estás lista?

—No lo sé. La última vez pensé que lo estaba, pero el tatuaje en mi trasero dice lo contrario.

Su risa sonora hizo que varios le miraran con molestia, pero a él no le importaba nada. Sólo tomar la oportunidad que pensó haber perdido hace años.

—Entonces solo hay una forma de saberlo.-Dijo él.

—El vuelo 924 con destino a Boston, comenzará el abordaje por la puerta de embarque 19. Por favor todos los pasajeros acercarse —informó la azafata desde el mostrador.

—¿Vamos?

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