La chispa

Fulvio Guarino

Iskra, nacida según ella en el lado equivocado de la historia, de madre Búlgara y padre Macedonio, que al fin y al cabo todos representaban al bloque soviético en esos años. La llamaron Iskra (chispa en alguna lengua eslava) debido a la dificultad que le resultó nacer a los siete meses de su gestación, merodeaba siempre al final del muro, que aunque los discursos en tono adoctrinante de sus padres, profesores de «ciencias sociales» en un bachillerato en Leipzig, no dejaban de cautivarla y la llevaban a espiar por el boquete creado por el descuido de la gestión económica evidente y la falta de pago a los efectivos policiales/militares que abandonaron la caseta en ese lado olvidado de la separación.

Heinz Harald vivía en Berlín, coincidía con el ojo de Iskra a través del boquete siempre que retiraba su Mercedes Benz, que por lo congestionado del mercado vehicular, estaba condenado a caminar siempre unas dos cuadras para buscar su medio de transporte y así manejar por hora y media a su puesto de trabajo, en las mismas oficinas que se encargaron de encerrarlo en esa caja con ruedas.

Cansado de sentirse espiado por un anónimo, decidió acercarse al espectador silente y al ver que se alejaba decidió ser él el espía en ese momento. Al asomarse, se consiguió con la imagen de esta adolescente que aunque descuidada y desteñida se nota bastante prolija en su descuido.

—¿Qué edad tienes? —pregunto Heinz, decidido a romper el hielo,

—No tengo por qué responderte, tengo casi 17 —replicó Iskra, y se fue corriendo sin mediar más.

Al día siguiente, Heinz, consciente de que se ajetreaban las cosas en los dos lados y que habían acontecimientos importantes por ocurrir, llegó en búsqueda de su vehículo, pero primero indagó si era espiado por el mismo ojo azul brillante que lo seguía todos los días en esa parte de su faena diaria. No lo vio, se decidió ver hacia el otro lado, y se consigue con la imagen de una joven: pantalones de spándex, una franela desteñida de “DIE TOTEN HOSEN” banda punk de Alemania Occidental y que usarla para ella, era más que cubrirse, era retar a las autoridades del «lado» donde vivía, a sus padres y a retrógradas tendencias socio-políticas a la cual era sometida. Desmayada, una liga en el pliegue de su brazo y una jeringa aún clavada, llegó justo en el momento en el que despertaba y se sacudía por los espasmos ocasionados por la dosis consumida.

—¿Qué haces? —le increpó Heinz con tono paterno, mas no recibió respuesta, solo una sonrisa más burlesca que feliz o siquiera incómoda, Heinz aumentó el tono a paterno/molesto y volvió a increpar:

—Te he preguntado: ¿qué demonios crees que estás haciendo? —Iskra que a duras penas era capaz de acomodar su bolso y recoger su parafernalia, solo llegó a responder—: Este es mi boleto para saltar los muros, este es mi avión, y este es la caja con ruedas a la cual decidí confinarme. —Y, así, tambaleándose, se fue, apoyada en las paredes y a la vista de dos guardias que extrañamente rondaban por ese lado olvidado del muro, Heinz se escondió de los mismos y, perturbado, decide igual montar su Mercedes, mientras del otro lado del muro escucha un bullicio y ve se levanta un humo denso, gritos y detonaciones, algo estaba pasando. Los primeros martillos comienzan a sonar, las primeras personas comienzan a traspasar, no hay indicios de Iskra, más que la chispa en los ojos de otras personas por la gesta que estaba ocurriendo.

Al llegar de su día laboral, la revuelta había sido apagada, la Stasi y la Policía Política habían arrasado (por esa noche). Heinz estacionó su vehículo y escuchó el silbido de alguien, se giró y no vio a nadie, escuchó el susurro:

—¡Ey, idiota de oficina, es aquí! —se escuchó desde el hueco en el que se encontraba siempre con ese ojo—. ¿Qué estás haciendo a esta hora aquí y después de todo lo que ocurrió hoy? —había vuelto el tono paterno en un hombre de 50 y tantos años que no había sido padre nunca, y que, de hecho, vivía y vivió siempre solo desde que dejó su casa a los 18—. Estoy aquí para que me ayudes a escapar. —Heinz, confundido , recordó las palabras que más temprano las misma Iskra le había murmurado, pensando en que le hacía un favor, y metió la mano en sus bolsillos dándole suficiente dinero para suficientes dosis como para viajar por bastante tiempo. Iskra vio los billetes y volvió a sonreír, esta vez su sonrisa reflejaba una decepción que Heinz no conoció sino hasta ese momento, ella no tenía fuerzas para explicarse ni para reprochar el malentendido. Tomó el dinero y se fue, el se retiró murmurando y autoflagelandose con la idea de que se había equivocado, capaz debía haber comprado comida o abrigo o simplemente no darle nada. Con ese pensamiento se fue a dormir, sin siquiera ver las noticias o cenar, simplemente se desplomó en la cama y durmió.

A la mañana siguiente, se dirigía a su vehículo, pero ya era obvio lo que había sucedido, el muro había caído y no había más boquete siquiera, algunas piezas que los románticos de la historia decidirían después cuidar como un nefasto recuerdo. Al ver la libertad de circulación decidió pasar libremente como miles estaban haciendo, en su mente tenía a Iskra y pensaba esta vez invitarla a desayunar del otro lado, en vez de la «sopa de concha de papas y coles ácidas» que las leyendas urbanas decían era lo único que podían darse el lujo de desayunar los del lado oeste. Caminaba y no daba con ella, volvió al punto desde donde siempre la veía y no daba con ella, se encontraba con miles de personas que entre música y abrazos se fusionaban en lágrimas y sentimientos de reencuentro, el seguía en su búsqueda, hasta que da con una silueta bajo una manta donde se asomaban unos zapatos que él reconoció. Era la misma vestimenta con la que ella retaba a todos. Le quitó la manta y descubrió un cuerpo frío y pálido, con la misma liga en el pliegue, la misma jeringa clavada en la vena, espuma en la boca pero esta vez no reconoció sus ojos azules que estaba desorbitados e inyectados de sangre, era Iskra que por fin había escapado, dejándole a Heinz la dura controversia de que capaz hubiera sido mucho más fácil, haberla ayudado a superar el muro.

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