LA GRANDEZA DE LA PALABRA Y LA INVENCIÓN DE LA ESCRITURA

Por Vicencio González

**Las palabras son la droga más poderosa utilizada por la humanidad. (Ruyard Kipling).

**Cuando las palabras pierden su significado, las personas pierden su libertad. (Confucio).

**Si la mirada no puede convencer, las palabras no podrán persuadir. (Grillparzer).

**Sírvete de palabras dulces, pero de argumentos sólidos.

**Las palabras son las hijas de los hombres…las acciones son las hijas de Dios.

**Las palabras son clavos para fijar las ideas.

**Si no basta una sola palabra…mil palabras serán un despilfarro.

**Todo hombre es el discípulo de alguna palabra profunda. (Víctor Hugo).

**Las palabras de dos corazones acordes, aroman como perfumes

 LA INVENCIÓN DE LA ESCRITURA. Piedra miliar de la civilización.

A los que amamos la escritura, los textos de un calígrafo o los trazos del alfabeto chino pueden producirnos un deslumbramiento indescriptible. Nos desesperan, en cambio, nuestros torpes garabatos tipo médico que receta de urgencia a las tres de la mañana (y los de nuestros descendientes en edad escolar, ni hablar).
Ocurre que la armoniosa escritura que no hace tanto era patrimonio casi de cualquiera que hubiera completado la escuela secundaria se va perdiendo a medida que avanza el uso de computadoras, tabletas y teléfonos celulares, dispositivos que no exigen más destreza manual que la de hacer coincidir las yemas de nuestros dedos con las teclas, materiales o virtuales.
Es una pena, pero la escritura a mano, uno de los avances cardinales de la humanidad, está siendo relegada al pasado. En The history and uncertain future of handwriting, (Bloomsbury, 2016), algo así como “La historia y el incierto futuro de la escritura a mano”, Anne Trubek recorre la aventura que se habría iniciado con las tablillas sumerias, hace alrededor de 5.000 años.
La escritura cuneiforme, considerada el primer sistema que permitió registrar palabras y pensamientos, fue inventada en lo que es hoy el sur de Irak. A lo largo de los siglos, los arqueólogos encontraron cientos de miles de tablillas de arcilla con los signos triangulares que las caracterizan. Se pensaba que aquellos antepasados remotos la habían utilizado más que para dejar pistas de su paso por la tierra para fines más prosaicos, como afirma Georges Jean en La escritura, memoria de la humanidad (Ediciones B, 1998), aduciendo que las que se descubrieron en el templo sumerio de la ciudad de Uruk, en la ribera oriental del Éufrates, contenían largas listas en las que se hace referencia a sacos de cereales y cabezas de ganado. También destaca que los sumerios no sólo inventaron el dinero, ¡sino también el préstamo con interés!

El aporte más completo –y validado científicamente- sobre los sumerios lo da el arqueólogo  Samuel Noah Kramer en su libro La historia empieza en Sumer (From the tablets of sumer. The falcon´s wing press. Colorado. 1956) que ha sido publicado en castellano por varias editoras (Ediciones Orbis. 1985). Después de dedicar muchos años de su vida a realizar excavaciones en Irak, demuestra que cientos de hallazgos en todos los campos, cruciales para la civilización occidental se los debemos a los sumerios. El relato del diluvio universal que fue recogido en La Biblia 2.000 años después es copia casi textual del escrito por un poeta sumerio.
Como los sumerios, los egipcios usaban sus escuelas sólo para enseñar a escribir, pero únicamente a los varones de familias elegidas. Los jeroglíficos (“probablemente el más difícil y elaborado sistema de escritura que se haya inventado”, dice Trubek) cautivan por su belleza y se usaron durante 3.500 años.
Luego desaparecieron, pero los fenicios, y más tarde los griegos, que creían en la educación para todos, inventaron el alfabeto. Sócrates creía que la escritura podía atrofiar el pensamiento, pero aunque los griegos respetaban más el lenguaje hablado que la escritura, desarrollaron el primer análisis consciente de todos los componentes del lenguaje y el más eficiente para representar sonidos hablados. Aristóteles, más moderno que Sócrates, decía que las letras habían sido creadas “para poder hablar incluso con los ausentes”.
Si los griegos nos legaron el alfabeto con vocales, los romanos nos dieron las letras y los libros. Con una destreza que asombra, los copistas de Occidente, que antecedieron a la imprenta de letras móviles, pasaban sentados por lo menos seis horas diarias durante alrededor de tres meses para reproducir un único volumen y tenían prohibido usar velas para calentarse por miedo al fuego.
En Copistas y Filólogos (Gredos, 1986), Leighton Reynolds y Nigel Wilson explican que los escribas medievales no usaban espacios entre palabras, puntuación o párrafos, todos elementos que mejoran la experiencia de la lectura, pero no son necesarios en la oralidad, por lo que sólo se inventaron una vez que la gente se habituó a leer.
“La afirmación de Sócrates nos recuerda que con la escritura viene la pérdida de algo. Perdemos el cuerpo. Perdemos los gestos. Perdemos también la capacidad de recordar. Y perdemos pequeñas frases insertadas en el lenguaje que nos individualizan”, reflexiona Trubek. Y agrega que “la letra escrita tiene connotaciones que hacen que su desaparición nos llene de ansiedad. Tanta como la que deben haber sentido en el siglo XVI los monjes que denunciaban los «horrores» del libro impreso”.
Como lo sugiere nuestro título, quienes tenemos el privilegio de frecuentarla seguramente intentamos recuperar el aliento de esa escritura a mano, ligera y personal, que tan íntimamente nos expresa y que muy probablemente los todavía inimaginables avances digitales de las próximas décadas cubrirán con el piadoso polvo del olvido.

Vicencio González

Director de la Escuela de Escritores

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