La Intercesora

A  la Gebiss  la conocí cuando me encontraba llenando con mis datos una planilla, en una banca de la universidad, para procesar a mi próxima inscripción de materias. Bueno, de hecho no supe que estuvo a mi lado por horas, si no fuese por un mensaje de texto que llegó a mi celular desde un número desconocido, a eso de las siete de la noche, ya estando en mi casa. No era ella, pero sí su prima. Tardó poco en explicarme cómo la Gebiss se había hecho con mi número telefónico y cómo le suplicó que, por su descontrolada vergüenza, me enviara un mensaje de texto sugiriendo que yo le permitiera entablar una conversación. Me pareció extraño. Tuvo el valor de perseguir mi número telefónico, mas no el de ser ella misma quien tomara tal atrevimiento.

Quise probar. Su prima, Anaís Zurbarán, prefirió hacerme una llamada y explicarme qué tan penosa podría llegar a ser la Gebiss ante una situación de este tipo. La escuché. Y con su voz, tan dulce que sazonaba mis sentidos, terminó de exponerme qué tanto sabía la prima de mí; volvió a relatarme cómo fue que consiguió mi número, y cómo obtuvo el libro que yo tanto quería leer en ese momento, sólo para entregármelo como regalo y complacerme. «Le diré que te escriba, pero ni pienses en decirle que te chismeé sobre el detalle del libro. Es una sorpresa que te tiene», me dijo con esa voz que sensibilizaba mi escucha.

Así la conocí. Salimos un par de veces, me entregó el libro que llevaba meses buscando, batallé con sus fuertes estados de ánimos, atroces e incomprendidos a veces; lidié con su prima Anaís, que cuando la veía triste me pedía por medio de llamadas telefónicas que hablara con ella para reanimarla. Yo tenía que salir disparado a buscar el número de la Gebiss e intentar sacudirle lo pesimista que se ponía en ocasiones. Bastaba que por la bocina del teléfono me desgarrara un oído con su característica voz estrepitosa para que me diera cuenta de la magnitud de su desesperación y pesimismo atrofiante.

Una tarde en que decidí cargarme de buenas palabras para darle un sacudón a su mal humor, me dijo con esa misma voz de carcacha descompuesta, de radio mal sintonizado, de espectro del demonio, que escurría por su dentadura deforme, que a las afueras de la universidad, a lo lejos, se encontraba una prima suya. Apenas la pude ver. Era de aspecto atrayente; y la perfecta sonrisa que lucía a la distancia me constataba no ser de dientes tupidos, uno sobre otro, como los instalados en la boca de su prima. Me dio curiosidad conocer en persona a quien llevaba tiempo intercediendo por aquella extraña relación que yo mantenía con la Gebiss. No tardé en solicitarle su nombre. «Anaís Zurbarán», eso dijo entre sus apilados dientes, mientras apretaba mi mano, y yo intentaba zafarme. Bastó percibirla a lo lejos para hacerme buscar sus fotos en las redes sociales y así obtener un poco de información. No la encontré por ningún lado. Menos insistí en conocerla por medio de la Gebbis desde que una vez se me alzó por hacerle muchas preguntas sobre Anaís. Apenas me facilitó una foto donde aparecía junto a ella. Veía a una pequeña de dientes amontonados, al lado de una maravilla de mujer con una sonrisa que mostraba sus incisivos blanquecinos e impecables. No me quedó la menor duda de que era hermosa.

No me conformé. Llamé reiteradamente para hablar con Anaís con el pretexto claro y conciso de que eran mis irresoluciones y pleitos con la Gebiss lo que me hacía solicitarla. Ella me aconsejaba con esa voz que tenía que venir configurada del cielo, por ser tan suave y de diáfano tono. Me llenaba, me hacía sentir bien, me enamoraba. Los pretextos no fueron suficientes. Me inventaba problemas para que ella me diese recomendaciones, pero ya eran tantas excusas que no me quedó de otra que resignarme a la verdad: me estaba matando de amor.

Ella reía junto a mi oído cuando en las madrugadas yo le declaraba mis sentimientos, por fortuna no hacía otra cosa que corresponderme con el peligro que resultaba ser descubiertos por la Gebiss. Yo insistía en verla. Ella se negaba por el miedo de imaginar cómo tomaría su prima tal traición. Y cuando llegó a contarme que por problemas con su madre se mudó a casa de su tía, me alegré sobremanera por creer que la vería si visitaba a la Gebiss. No le pareció tan buena idea, pues vernos era amarnos más y un error de ambos podría dejarla en la calle; y yo, quedarme sin cabeza.

Tuvimos que recurrir a las cartas cuando su teléfono murió. Yo también creí haber muerto por perder las conversaciones frecuentes, ya que con esfuerzo lograba despojarle el móvil a su prima y confeccionar un mensaje corto donde afianzaba su amor por mí. Esas frases con la ortografía perfecta que me declaraban ser suyas, sólo podía leerlas sin responder. Contestaba únicamente cuando notaba palabras abreviadas o no existentes en el diccionario, propias de la dueña del teléfono. No fueron muchas cartas. En una venía un testamento con la meta de enamorarme aún más. En otra expresaba la agonía de estar distantes por una prima entrometida que ella misma quiso ayudar. Su caligrafía también enamoraba. Sus notas en las esquinas de las hojas eran dignas de admirar, y el beso de pintalabios rojo pegado como estampilla dejaba mi corazón exultado e inquieto. Otras cartas también llegaron, pero estas apenas las leía. Eran del tormento aquel de voz no agraciada y dientes torcidos; y no sé ni por qué lo hacía cuando fácilmente podía llamarme con su voz chirriante o enviarme sus mensajes de textos casi incomprensibles. A todas estas, también podía verme e incluso besarme con esos labios que ocultaban su mala dentadura.

El teléfono de Anaís había resucitado y con él por fin planeamos el encuentro. Quedamos en vernos en la universidad luego de mi insistencia. Estaba muy ansioso, como el día en que sin notificar llegué a la casa de la Gebiss, con ganas de encontrármela, pero no la vi porque estaba afuera comprando unas cosas, y más bien la Gebiss aprovechó el momento para presentarme como su novio ante los familiares presentes; tan excitado estaba de verla, como la vez en que quedó atrapada en el supermercado por una fuerte lluvia, y resulta que después de que aguanté tremendo aguacero para ir hasta allá y darle una sorpresa, al llegar no estaba porque ya le habían dado un aventón.

Puntual arribé a la universidad. Un mensaje de texto que me había enviado informando su actual paradero, me hizo llegar a la puerta de aquel salón donde había una sola persona esperando. Abrí, pero al observar el interior, el asombro me hizo retrasar el ímpetu que llevaba conmigo. Entré torpe y lentamente mientras cerraba la puerta y le apartaba la mirada de encima. Estaba sentada en un pupitre al fondo, cerca de una esquina, muy sonriente, alegre de verme, de piernas cruzadas; y de sus labios que escondían su fea dentadura, salió una pregunta con su particular tono estruendoso: «¿Qué haces por acá?».

Albert Espinoza, 2018

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *