La primacía del espíritu y la búsqueda de la verdad en una cultura materialista y relativista.

El gran hallazgo de la Filosofía fue descubrir que hay verdades absolutas –que no todas las verdades, como las de la ciencia experimental, son relativas. El amor, la belleza, la existencia del alma.. no son empíricamente demostrables- y Sócrates prefirió morir antes que retractarse de sus afirmaciones en este sentido. El relativismo que predomina en la sociedad contemporánea, con el escepticismo que lo acompaña como consecuencia inevitable, es un gran desafío que nos puede llevar a la pérdida de esperanza de poder alcanzar la verdad porque supone una renuncia a la afirmación de la verdad.

No tenemos ningún escrito de Sócrates, lo que conocemos sobre su pensamiento lo sabemos a través de sus discípulos Platón y Aristóteles. A continuación un escrito que busca reflejar el pensamiento de Aristóteles –tomado de Sócrates- sobre la capacidad del conocimiento humano de alcanzar la verdad.

Consideraciones sobre la verdad: la contemplación del acto de entender –la verdad no se tiene como una cosa, se posee en el acto del entendimiento que la contempla y la expresa- la complementaremos con una breve consideración final sobre el valor del encuentro personal para enfatizar lo esencial de la dimensión social en todos los actos humanos.

“La verdad se presenta inicialmente al hombre como una interrogación: ¿tiene sentido la vida?, ¿hacia dónde se dirige? Acaso no dejará de sorprender que se afirme, como manifestación inicial de la verdad a la conciencia reflexiva, una pregunta, no un juicio. De inmediato, esa pregunta nos coloca en la certeza de nuestro propio existir así como de su carácter temporal. Somos, tal como caemos en cuenta al pensar; pero somos en un proceso que -según vemos- ni se detiene ni vuelve atrás. Desde muy antiguo nuestra vida ha sido comparada a una corriente, que fluye hacia su término. La cual es otra certeza, más bien amarga y no poco asombrosa: que hemos de morir. El curso de nuestra vida termina algún día.

Al tomar conciencia de este ser en el tiempo, surge espontánea la pregunta por el sentido: ¿a dónde se dirige esto? O, de otra manera, ¿llega a algo? ¿Hay un fin, una meta, y no tan solo un final? Esta pregunta encierra, a la vez, una búsqueda de significado -que da cuenta de ello- y una aspiración hacia el valor -qué lograríamos-. Es eso lo que debemos explorar. Ajenos a todo significado y valor, la existencia carecería de sentido. No valdría la pena vivir.

El paso del tiempo es un cambio continuo. A cada momento, vamos dejando de ser lo que éramos, llegando a ser algo otro. Sin embargo, permanece -en el fondo- la identidad de cada uno, sujeto que asiste a sus propios cambios y puede narrarlos. Pero esa sería, precisamente, otra manera de encontrar la pregunta: ¿puede de verdad narrarlos? Aparte de la continuidad del sujeto, ¿hay un hilo conductor que unifique esos cambios, un desenlace al cual conduzcan?

En nuestra experiencia se revela de inmediato, por otra parte, que la vida no es tan solo un evento, algo que ocurre y, desde luego, nos atañe. Hemos sido como arrojados en la existencia. Pero vivir es para nosotros un quehacer: algo recibido que, sin embargo, se nos propone como tarea. Trae consigo la necesidad de decidir y, con ello, de asumir alguna forma de proyecto de vida. De allí que resulte tan importante, inevitable en verdad, la pregunta por el sentido: ¿cómo asumiríamos la grave tarea de vivir si no conduce a nada?

Ahora bien, “la capacidad misma de buscar la verdad y de plantear preguntas implica ya una primera respuesta”.

En efecto, el surgimiento en nosotros de una pregunta cualquiera ¿qué es esto? pone de manifiesto esa actividad que llamamos conocer, en sus formas preliminares: averiguar, determinar. A la conciencia de nuestro ser -somos-, se suma la conciencia de nuestro darnos cuenta, ahora de manera reflexiva -conocemos-. Analizada, la experiencia del preguntar no deja de iluminarnos al respecto. Si pregunto “¿qué hago cuando pregunto?”, puedo responder: busco. Preguntar aparece como un buscar, acaso una de sus formas primarias. Pero busca el que no tiene, al menos en el sentido o en la medida en que busca. Buscar delata algo ausente, un no tener que se experimenta sin embargo como carencia. Busco, diría, porque no tengo y me hace falta. No podría tratarse de una ausencia completa. Ello sería, para el sujeto, una casi nada sin capacidad de suscitar el deseo de salir en su busca. Vemos así que en el “hacerme falta” -como en el hambre o la sed- tenemos ya un modo de presencia de aquello de lo cual carezco y ahora busco.

Toda búsqueda se halla como polarizada: aunque no sepa bien qué es, busco algo cuya falta resiento. No saber bien qué es lo buscado no significa entonces andar a la deriva. Hay algo que me atrae y me guía aunque no haya tomado todavía contornos definidos. Bergson mostró cómo la intuición intelectual se manifiesta primero por su puissance de négation: esa sorprendente capacidad que tenemos de discernir cómo algo que se nos presenta no es lo que buscamos, cuando aún no podemos decir en forma explícita qué es eso buscado.

Busco pues algo que no tengo y me hace falta, pero lo busco ahora con el preguntar. Esto es, lo que quiero ante todo es saberlo. Lo cual implica que, en primera aproximación, puedo describir el conocimiento como un modo de tener. Adquiero algo que no tenía, al menos en cuanto no estaba consciente. Al caer en cuenta, tomo posesión de ello.

Ese tener no es material: es un hacerse presente lo buscado. Un nuevo modo de presencia por tanto, más plena. Una relación nueva con lo encontrado, relación que suele ser descrita como dada entre un sujeto y un objeto, en la medida en la que llamo sujeto a quien ejerce el acto de conocer y objeto a su término, puesto allí ante la inteligencia del sujeto. Trae consigo un cambio en el sujeto, que deviene de alguna manera el objeto. Es ahora, en el conocimiento, aquello de lo cual se ha apropiado. En tal sentido, comporta una mayor plenitud del sujeto: si el surgimiento de la pregunta evidenciaba una carencia, la respuesta hallada es crecimiento, perfección. Se experimenta como algo bueno y es siempre un bien, aunque se trate de una realidad dolorosa. De hecho, permite al sujeto, ya sin los lazos de la perplejidad, el despliegue de nueva actividad de orden especulativo, práctico o técnico.

Junto a los términos -sujeto, objeto-, vemos así la relación misma que ha sido el caer en cuenta del objeto por parte del sujeto. Ese acto original e irreductible que llamamos entender, donde se muestra la conciencia como nuestro propio existir iluminado, ahora con la pregunta que explora su sentido.

Es el ámbito en el cual se da la verdad. Verdad como manifestación a la conciencia de algo que es y, correlativamente, como afirmación por la conciencia de aquello que es. Verdad, antes, como lógos íntimo de lo real, que hace posible su inteligibilidad y nuestra ciencia.

La verdad resulta de esta manera el bien buscado. Perfección del sujeto que entiende, sin la cual andaría como perdido. “Se puede definir, pues, al hombre como aquel que busca la verdad”.

Cuando se enumeran las tendencias básicas del ser humano, esas que se cumplen en cada persona y están en la raíz de toda cultura, se sigue una gradación ascendente que corresponde a las dimensiones de nuestro ser. A la tendencia a preservar la vida, seguirá la tendencia a preservar la especie, con todo lo que pertenece a las relaciones entre esposos y entre padres e hijos. En el nivel más alto, igualmente básico, están las inclinaciones propias de nuestra naturaleza racional. Tiene el hombre inclinación natural a conocer la verdad y a vivir en sociedad.

Esta concisa expresión recoge el programa de nuestra realidad de persona. Aquel que busca la verdad -como definíamos al ser humano- tiene, por su mismo ser racional, inclinación a vivir en sociedad y a conocer. Pero para ver el sentido y la justificación de estas afirmaciones, hemos de detenernos en su consideración. Pensemos lo que se nos dice de vivir en sociedad.

Al hablar un poco antes del conocimiento, veíamos que la persona tiene la capacidad -aún más, la necesidad, como se muestra en el preguntar- de asimilar lo real. Recibe, capta, algo que es, de manera simultánea en su ser y en su determinación esencial. Cuando pregunta de aquello qué es o por qué, ya tiene constancia de su ser y, hasta cierto punto, de su manifestación característica, esa cualidad que nos va a permitir colocarlo en el mapa de los géneros y especies, es decir, formular su definición.

Esta capacidad, propia de la razón, de abrirse al ser del otro (o de lo otro), ha sido denominada autotrascendencia y hace de la persona un ser en relación. Sujeto de su existencia, el ser humano se constituye como yo en relación, al tomar conciencia de sí: relación yo/ello, relación yo/tú, según que el otro término sea una cosa o una persona. Desde su primera captación de algo real, el ser humano se descubre dado con aquello que capta y en un ámbito de realidad que los engloba.

Por su mismo ser el humano está pues abierto a la relación y de tal manera que esa relación no es ocasional o de artificio sino connatural e inevitable. Por supuesto, una persona puede aislarse, por un tiempo o de modo permanente. Lo que no puede es haber desarrollado su persona sin la relación con otros seres humanos.

Ya desde la mirada, el intercambio con otra persona revela la profunda subjetividad de cada uno. Se descubre una interioridad, donde hay intenciones que el otro no alcanza a percibir. Lo que yo quiero -de él, de ella o para él, para ella- eso lo sé yo, no lo saben ellos. Y viceversa. La comunicación que debe establecerse entre nosotros no se limitará -como una voz animal- a la expresión de alguna pasión sentida; tendrá que llegar al punto que permita convivir: la expresión de lo bueno y de lo malo, de lo justo y de lo injusto. Es decir, la expresión de nuestra intención, al menos en aquellas cosas que atañen de modo directo al otro y en forma radical: su vida, su familia, su participación en lo social y en el conocimiento de la verdad.

Decir que tenemos inclinación natural a vivir en sociedad es reconocer que no podemos alcanzar la medida de la propia humanidad fuera de ese cosmos de sentido donde recibimos el lenguaje, la ciencia, el desarrollo de la conciencia de nosotros mismos. Podríamos añadir la técnica, porque la posibilidad de dominar el ambiente y generar un medio más propicio para la vida humana es sin duda una tarea colectiva.

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