Las miniseries televisivas

Geopolítica de las mini series o triunfo global del miedo.

En el campo de la geopolítica de las emociones se puede afirmar que ya no estamos en la telerrealidad clásica sino que hoy en día la ficción es la que se convierte en realidad ante la mirada atónita del mundo.

Del análisis justificado y pormenorizado de grandes series de éxito global se concluye cómo el juego y manejo de emociones colectivas se ha convertido en herramienta imprescindible para entender nuestro tiempo y a nosotros mismos. A la par, nos damos cuenta de hasta qué punto esa nítida línea que separaba ficción y realidad se ha vuelto borrosa, desenfocada y, a veces, indetectable. Es más, muchas veces la realidad, en el sentido de lo que cuenta y nos sitúa, está en la pantalla más que fuera de ella.

Desde el punto de vista del análisis del poder estamos ante el triunfo del soft power sobre el poder duro. Nunca Hollywood moldeó tanto tantas vidas utilizando para ello la emoción más influenciable (a la par que la más burda y menos heroica): el miedo.

Estamos aquí ante la afirmación de una traza negativa de la supuesta feminización del mundo, la inseguridad miedica, que se agiganta frente a la positiva, el espíritu de servicio, hasta convertirla de facto en ficción irreal.

Consideraciones para los adictos a las pantallas a los que todavía les queden algunos resortes críticos.

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Cuestiones sociales controversiales

Una de las trazas más socorridas de la ignorancia ilustrada es la que hace referencia a la sociedad. Es un conocimiento que se da erróneamente por supuesto y es, sin embargo, uno de los temas de más necesaria y compleja elucidación. Se trata de una ignorancia que, cuando se reconoce, habitualmente culpa al otro: “nunca tuve una asignatura sobre eso”,  “ustedes tienen la culpa por no estar presentes en los planes de estudio”, etc. Pero lo más corriente es que no se reconozca, momento en el que el supuesto ilustrado, como no es tonto, trueca el uso del término por otro distinto que significando también distinto le saque del paso en el discurso que quiere construir. El resultado suele ser un discurso obtuso y, en la mayoría de las ocasiones, ideológicamente manipulado. Ello se da mucho en la academia por parte de los no versados en ciencias sociales cuando se empeñan en proponer programas y políticas sociales, y también y mayormente en la política por parte de doctrinarios y demagogos con ansia de poder en lo que ahora se llama el auge del populismo.

 

Sobre la conveniencia de saber acerca de lo social para poder hablar con propiedad sobre cualquier teoría sobre la sociedad hay quienes sostienen, por el contrario, que basta con saber antropología; saber lo que es el hombre basta para saber lo que es la sociedad. Aquí tenemos uno de los errores a los que me refiero. La sociedad es un objeto de conocimiento dinámico mientras que el hombre no lo es y difícilmente se puede abarcar desde la especulación o abstracción conceptual sobre lo humano la riqueza de posibilidades vitales que origina su dispar caminar por el tiempo, su inserción dependiente con realidades distintas, desde la tecnología a la naturaleza, o su sujeción a cambios culturales imprevistos. En este sentido la sociedad es algo más que los humanos que viven en ella y ese algo más es precisamente el hilo conductor que vertebra el desarrollo de las llamadas ciencias sociales, algo que muchos desconocen.

 

Pero donde más se hace notar la carencia de conocimiento social o sociológico es en el discurso y en los debates políticos y en la jerga de los que los publicitan. Hablamos ahora de una carencia que puede producir daño, mucho daño. Y es por esto por lo que podemos referirnos a ciertos conceptos tóxicos que se usan a veces como sustitutivos del de sociedad. El más peligroso es, sin duda, el de pueblo. Hoy de moda por el populismo y el nacionalismo ha sido un perenne dolor de cabeza histórico en la lengua y el discurso de nazis, fascistas, comunistas y totalitaristas varios. El pueblo es un concepto insurreccional que en la mayoría de las veces clama por un nuevo reparto de poder entendido éste bien como el cambio de signo de una concentración (lo que se llama una revolución) o bien como el acopio de una nueva concentración en perjuicio de una disipación del mismo. Y acabamos de mencionar la bicha pues no hay nada que disturbe o desenfoque más lo que es la sociedad que el poder concentrado. La sociedad es el estado propio de naturaleza humano. Demanda, por tanto, como cuando nos referimos a una naturaleza bella, equilibrio, armonía, tranquilidad y respeto que pueden conseguirse en un mayor o menor grado resultando en una pluralidad y diversidad que permite comparar sociedades y hablar de progreso. Cuando la sociedad se reduce a eso que ciertos políticos llaman pueblo habitualmente nos encontramos con una sociedad sometida donde lo político priva sobre lo civil y donde la armonía de la naturaleza se sustituye por las barras de un zoológico.

 

Habrá que decir también algo ahora sobre otro concepto muy manipulado, el de ciudadanía. ¿Quién o qué es un no ciudadano? Alguien podría decir: un menor de edad, un preso, un disminuido psíquico, un extranjero, pero también una institución, una familia, una empresa o una iglesia. Los políticos suelen confundir al ciudadano con el votante (muchas veces solo su votante cuando practican el sectarismo). Sin embargo es obvio que hay sociedad más allá del estado, un espacio que el discurso político tiende a ignorar y sobre el que se ve necesario poner el foco de atención.

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Historia política de las pasiones.

Partiendo de la distinción entre opinión y promesa, quien incumple una promesa deja de ser uno mismo. Y como es muy difícil convivir con varios unos-mismos a lo largo del tiempo la opción más recurrida para evitar la locura (que no siempre se consigue) es borrar la memoria.

Pero esto ocurre también en escalas plurales y colectivas. La dimensión social de enfermedades influye en la historia a niveles poco reconocidos. Ya sabíamos que el divorcio era hereditario. Ahora conocemos también que la ira, el odio, la alienación o la raptura monomaníaca y obsesiva son contagiosas. El suicidio también.

El periodo histórico de la revolución francesa permite un análisis pormenorizado y profundo de hechos y biografías de personajes, en su mayor parte, desconocidos y mostrar el efecto de las pasiones y emociones en el devenir histórico. Es curiosa la apelación revolucionaria a la prevalencia de la razón cuando constatamos, por el contrario, el efecto movilizador y aglutinador de la irracionalidad que da cauce a la ambición desmedida en forma de pasión ensimismadora.

Su relectura nos permite: profundidad y seriedad en el tratamiento de desviaciones, dar luz histórica sobre los sucesos de París, y provocar un shock a miembros de grupos engañados que se piensen inteligentes.

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