María Elizondo

Valentina Coronado

 

Todos los viernes a las 11:30, en su clase de Psicología Cognitiva, los ojos de María Elizondo daban tumbos por el salón. Buscando, como quien no quiere la cosa, que los ojos de aquel otro se posaran en los suyos.

Todos los viernes era igual: ella se vestía en tonos vibrantes y olores dulces y se preparaba para ese eterno ritual de apareamiento que la dejaba más inconclusa que satisfecha. El otro era probablemente muy tímido, inseguro y callado, porque jamás se le había acercado. A pesar de las intensas miradas y de los segundos de contemplación. El otro nunca había tenido la valentía de hablarle, pero María era fantasiosa y más bien optimista. Ella lo dejaba ser, le daba su tiempo, porque las cosas apresuradas salían mal y ella no tenía ningún apuro.

Todos los viernes se sentaban a la misma distancia: a dos pupitres marrones en diagonal. Él atrás, ella adelante. Aquel silencio indefinido, por veces desesperante, impregnaba su ambiente con un poco de magia y de ilusión novelera, de esa que te hace vulnerable y que transforma las canciones en poemas de destinatario preciso.

Todos los jueves María pensaba: «Mañana es viernes», y sonreía porque la expectativa la volvía loca. Cuando llegaba por la mañana a la universidad, les rezaba a los santos porque él estuviera ahí, aunque no creyese en ninguno. Él nunca faltaba a esa clase y ella, muy adentro, producto de su activa imaginación, esperaba que fuese porque no quería perderse ni un día de su rutina pasiva de apareamiento.

Todos los viernes entraban a la sala, se sentaban, escuchaban la clase y, entre teorías y cuentos, se atornillaban de miradas.

Todos los viernes María se imaginaba que él le hablaba, que le decía «Hola» y la cortejaba. En su mundo fantástico no había lugar para errores; las palabras, como listas, salían elocuentemente de su boca y él sonreía ante su aire seguro. Era paz, era alivio, era lo que tenía que pasar.

Todos los viernes eran iguales, hasta que, de espaldas al cafetín y mientras pedía un marroncito, sintió un «tap, tap» en el hombro. Volteó.

Todos los viernes sus ojos estaban a varios metros, pero en ese instante estaban a solo centímetros. Bajo un par de lentes pequeños y rectangulares, dos pupilas cansadas y desgastadas la miraron como en sus fantasías. Las canas le bañaban la nuca y un par de vellos rojos le salpicaban la barba. Era alto y la obligaba a subir el rostro, a admirarlo como se admiran las torres y los edificios. Llevaba una camisa blanca, simple, sin poco cuidado sobre cómo caía sobre su cuerpo; también un pantalón alguna vez azul oscuro y un par de zapatos alguna vez grises. Todo lo que llevaba parecía estar ahí sin que realmente quisiera estarlo. Hasta él, que le hablaba, tenía un semblante serio, aburrido y ajeno.

Todos los viernes María podía verlo y lo notaba igual, le sentía el desgano. Hoy, frente a él, se deleitaba confirmando lo que siempre había imaginado: ese disfraz pesimista, deprimente e intimidante era lo que la atrapaba.

Todos los viernes eran amantes silenciosos, pero hoy él se le acercó y le pidió un yesquero. Ella, que fumaba religiosamente antes de cada clase, había perdido su yesquero el día anterior en un café de Altamira. Entonces, como si aquello significase una derrota, a María se le fueron las ganas y se le derrumbó la confianza. Las palabras, que en sus sueños siempre habían estado preparadas entre sus labios para seducirlo, se acobardaron por la falta de fuego y, de pronto, se sintió incapaz.

Todos los viernes pasaban esperando a que él hablara y por fin lo hizo. Le dijo: «Yo sé que tú fumas, ¿me das fuego?», y miles de horas en imágenes fantásticas se esfumaron, se convirtieron en retratos vergonzosos y en el recuerdo de su propia cobardía. Y le dijo «no», con el ceño vencido por su incompetencia.

Y él se fue.

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