MI RELATO BREVE

Manuel Benatuil

 

Siete meses han pasado desde que me despedí de ella. Recuerdo haber sentido su cachete derecho en la estación de tren, una despedida un tanto amistosa para mi gusto. Su mirada fría y lenta se sentía cada vez más pequeña e imperceptible, mientras Isabela se difuminaba con el movimiento del vagón. Pude palpar su desprendimiento. No estaba muriendo, al menos físicamente, pero pude sentir que esa sería la última vez que la vería. Los cordones unidos por el tiempo fueron finalmente desplazados por el destino.

No paro de recordar nuestros momentos más memorables: baños de espuma con sales del Mar Muerto, recuerdo cómo apretaba con delicadeza sobre mi espalda, la esponja impregnada de jabón de avellanas con miel, un aroma que desbordaba mis deseos de vivir mientras hablábamos de los juegos del día, casi siempre de los Medias Rojas o de los Filis, y estaba prohibido hablar del molestoso Luis Arroyo, del cual, según ella, tuvo un percance que obviaré por respeto a los muertos. Recuerdo también cuando ágilmente se desplazaba por el comedor, siempre atenta que mi comida estuviese lista y caliente antes de sentarme, ella sabe muy bien cómo odio la comida cruda. O esos paseos al campo con los muchachos, no faltaba su vestido blanco, (no sé por qué) brillante y fresca la envolvía un halo de lavanda natural que, con ayuda de la brisa de la pradera, hacían juego para que su aroma se alojara hasta mi bronquio más profundo, dejando un delicioso remanente por las próximas doce horas.

Todo era felicidad en el Geriátrico Estatal de Pennsylvania, y desde que lo abandoné en búsqueda de nadie, comencé poco a poco a temerle a la muerte. Todo se percibe más sobrio, más crudo, más infame. Tenía tiempo sin vivir alguna penuria o si acaso maldecir por algún percance camino al mercado. Malditos vagabundos, siempre pidiendo y acostados. En fin, el otro día la vi, o, al parecer, la sentí (he aprendido a vivir con cataratas, pero jamás me acostumbré), me abalancé desesperado al rayado, sin percatarme que uno de esos infernales mensajeros que andan en bicicletas me tacleó hasta tumbarme y romper la cadera. En fin, estoy de vuelta en el geriátrico, sometido a vivir el resto de mis días solo con sus recuerdos. Al menos eso me servirá de consuelo cuando se entere que la sífilis que contraje en algún bar inglés de la octava avenida no fue su culpa, al menos.

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