Niños Rosa

Claudia Ginestra

El azul tiene un aroma. Los colores me hablan. Las texturas evocan sentimientos. Los sonidos tienen formas geométricas…

Mientras manejo por la calle Libertador observo la obra «Modulo cromático» en la pared a mi derecha del artista Juvenal Ravelo. Los colores rojo, naranja y negro de la obra me cantan una melodía del Tío Simón, también percibo un aroma a flores y pino de campo, los sonidos emanan algunas figuras circulares amarillas que parecen arepas. Al parecer la obra es toda una experiencia sensorial para mí. Sin embargo, ya entendía porque me pasaba.

Camino al Barrio La Vega se escuchaba vallenato a todo volumen por las estrechas calles rodeadas de cuadrados naranjas. Debía llegar a las 2:00 pm a encontrarme con los niños. El tono de esta melodía me transmitía figuras triangulares de color azul. Manuelito abrió la puerta del salón y allí estaban mis alumnos en el cuarto donde improvisábamos un salón de clases con libros donados y mesas construidas por la comunidad. De nuevo la música sonaba, la canción que coloqué hablaba de números que naturalmente yo asociaba con colores y así se las enseñaba a ellos. El 1 es azul; el 2, amarillo; el 3 es rojo; cantábamos todos juntos en coro. La asociación es natural para mí y es un gran método de aprendizaje que suelo aplicar.

La Fundadora del programa escolar pasó a entregarme el cronograma de estudios y con cara de extrañeza me preguntó:

¿Por qué el 1 es azul? Simplemente lo veo así, respondí. Mariana no entendió del todo, pero se imaginó que era parte de un juego.

Manuelito siempre se quedaba dormido en clase. Su color era el rosa. Todas las personas tienen colores, obviamente. Pero, el rosa era habitual en los niños. Tal vez, por su dulzura e inocencia que yo anhelaba que conservaran hasta la adultez. No sé, si los demás veían ese color también en él, algún día preguntaré. En el bolso de Manuelito, pude divisar que llevaba una docena de pañuelos de cocina nuevos. Cada vez que preguntaba por su cansancio decía que tenía algunas labores…

Las luces iluminaban en la noche las casas de ladrillos naranjas. Sus texturas con líneas me evocaban tristeza y también, desesperación. Sin embargo, ellos a pesar de sus dificultades, se reflejaban felices lo cual me confundió. Debo preguntarle a los demás si sienten lo mismo que yo.

En la escuela que trabajaba en las mañanas todo era muy diferente, pero los niños siempre son iguales: Rosas, independientemente, de sus circunstancias de vida. Hoy las figuras geométricas tienen olores. El círculo huele a Arepa, el rectángulo a pan, y el cilindro a leche.

La madre de Keibert, vino a la escuela para conversar conmigo sobre un asunto “importante”, como dijo la Directora.

—Mi hijo me dice que el círculo huele Arepa, que el 1 es azul y que la A huele a rosas.

—Sí, naturalmente, respondí.

La señora no entendía mi respuesta y me advirtió que mis raras ocurrencias y desbordada imaginación estaban dañando a los niños, en vez de enseñar.

Los puntos azules salían de mi ducha por el sonido del agua que rebotaba contra el piso. Mi teléfono suena y cambia el color de los puntos a negro. Era Mariana Rodríguez.

—Profesora Cindy, lamento informarle que no podrá dar más clases hasta que se realice un examen médico. Y tampoco podrá ir al voluntariado en el barrio.

Esas fueron sus últimas, crudas e incoherentes palabras. ¿Qué hice mal? intenté decir, pero ya repicaba al otro lado del teléfono. En consulta con mi doctor de cabecera, en la clínica Santiago de León, no sabía que iba a decir ya que todos mis exámenes estaban bien y yo sabía que mi salud psicológica era perfecta. De manera que, no entendía que hacía allí realmente. A lo lejos, se escuchaban unas voces en un parlante que caminaban, o pienso que mejor que, rodaban ya que eran emitidas desde un camión con dos hombres sentados en el capó. Probablemente, se trataba de alguna campaña o anuncio político.

—¿De qué color ve usted los sonidos de esas palabras, doctor? —Ya era hora de saber las opiniones de otras personas.

El Doctor Millán, sorprendido, respondió:

—¿A qué te refieres?

—Me refiero a que yo las veo amarillo claro. Me gustaría saber si usted las ve igual que yo.

Es que yo no las veo de ningún color —explicó Millán.

Ya va… Ahora sí no entendía nada. ¿Cómo que no ve color?, pensé en plena tensión de la consulta. De repente, me formuló preguntas acerca de mis comienzos de asociar colores y palabras como si fuera algo fuera de lo normal (y eso que no sabe lo de las texturas y sonidos). Por lo que concluyó que me referiría a un… Adivina a qué… A un ¡Neurólogo! Pues no supe que responder y salí indignada del consultorio.

Me sentía tan triste, incomprendida, y además sin trabajo en la sala de mi casa. Decidí colocar un CD de Mozart, pero los malévolos colores aparecían otra vez en mi visión. ¡Nunca me dejarán en paz!, exclamé exasperada. Lancé mi bolso al radio y todo el aparato se cayó y rompió. Llena de cólera, llamé al neurólogo y pedí una cita. Tal vez yo pensaba que todos eran como yo, dudé sobre mí misma. 1, azul; 7, morado; 3, Naranja; 5, verde; 9, amarillo y 2, verde, marqué los números rápidamente en el teléfono. Una señora con voz ronca atendió mi llamada, parecía ser la secretaria. Le dije: Escucho sonidos en los colores y también los puedo oler. ¡Necesito una cita ya! La mujer balbuceaba al otro lado del teléfono y finalmente dijo: Próximo Lunes 20 de marzo. Lunes es rojo, pensé.

Mi casa necesitaba alimentos. No tenía comida desde hace 3 días. Solo comía un poco de fruta y yogurt y no es que tenía un gran estado de ánimo para poder saborear la comida. Bajé al abasto central de mi urbanización, pero esa cola de gente y la erupción de sus colores formaban una nube oscura que no me gustó, así que compré, rápidamente, más yogurt.

Es irónico como las texturas de los edificios de Caracas tenían colores brillantes, pero la gente estaba oscura. Uno que otro brillaba de repente. Sin embargo, detrás de esa oscuridad siempre existía una chispa que me hacía pensar en la esperanza. Un niño rosa se me acerca vendiendo pañuelos de cocina, era Manuelito.

—Es por esto que siempre estás tan cansado en las tardes, le dije.

Él asintió un poco triste y me regaló un pañuelo diciendo que me extrañaba y le hacía falta en sus clases con mis raras ocurrencias. Le di 800 bs por el pañuelo que estaba reacio a aceptar, pero sabía que tendría problemas en casa si no lo hacía.

La textura y los niños eran los que siempre brillaban. Dependiendo del día la textura del cielo caraqueño se coloreaba de azul, morado o turquesa. Pero, ellos eran inmutables con su rosa. A veces por fuera eran sucios, mal bañados y pobres, pero mi asociación para ellos al color rosado limpiaba todo eso. Pero, una ciudad con adultos oscuros merece personas que protejan los colores de los más pequeños. Son la semilla de un nuevo país que está a punto de brotar, y con ramas mucho más coloridas.

En la 99.1 se escuchaba una entrevista realizada por Shirley Varnagy, conversaba con el científico Richard Cytowic, experto en sinestesia. El científico explicaba sobre un fenómeno causado por la mezcla de sentidos en el que las personas perciben varias percepciones al mismo tiempo por una activación doble en la corteza cerebral. La periodista le pregunta si la sinestesia es un problema para la salud. Y el doctor responde que no lo es, simplemente, es una manera diferente de percibir el mundo. «Estas personas huelen colores, escuchan sus sonidos y ven su geometría, y esa es una manera creativa de percibir».

¡Sinestesia!, grité en medio de la cola para llegar al consultorio del neurólogo. ¡Sinestesia!, volví a decir emocionada apenas llegue a la clínica, mientras todos me veían como si estuviera loca. En el consultorio, el doctor Carlos Landaeta, revisaba unos documentos y libros que tenía sobre su escritorio a lo que me dijo: Eres un caso extraño, pero no desconocido. Ya en ese momento le conté sobre la entrevista que escuché hace minutos en el carro. Carlos me dio un libro sobre el fenómeno para que experimentara un poco más en el tema.

Fue muy extraño para mí descubrir que era algo que le pasaba solo a algunas personas, siempre pensé que los demás eran como yo. Mientras manejo por la calle Libertador observo la obra «Modulo cromático» en la pared de mi derecha del artista Juvenal Ravelo. Los colores rojo, naranja y negro de la obra me siguen cantando al Tío Simón. Y, también, huelo sus aromas de flores y pinos de campo. La obra es toda una experiencia sensorial. Sin embargo, en este momento, ya sabía lo que me pasaba.

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