Tardes cuenteras

Luisana Sierra

 

Cumpliendo con la tradición familiar, el Cuento convocó a sus parientes más cercanos a un almuerzo especial en el que compartirían los éxitos logrados en el último año. Al cuento no le agradaba mucho la idea, pues tendría que lidiar con los egos de cada uno de sus parientes y las interminables discusiones acerca de quién era mejor.

Los hermanos del cuento no tardaron en llegar. La primera fue su hermana mayor, la Novela Corta, era un poco rechoncha y baja de estatura y utilizaba demasiadas palabras para explicar ideas sencillas. Para el Cuento, que se caracterizaba por ser muy breve, era exasperante tener una conversación con ella. Cuando la Novela Corta contaba una anécdota se detenía en la mejor parte y decía:

—Ya te he contado el capítulo uno, piensa en lo que has escuchado y luego te contaré el capítulo 2. —Al cuento eso lo sacaba de quicio.

El cuento condujo a su hermana a la mesa que había preparado en el patio trasero. La Novela Corta no había terminado de acomodarse cuando el timbre sonó de nuevo. Esta vez se trataba del Cuento Oral, un anciano desdentado, que adoraba cantar. El Cuento Oral no sabía leer ni escribir  pero conocía más historias que nadie. Los tres hermanos se sentaron a charlar mientras esperaban la llegada de los otros invitados. Fue una charla muy infructuosa; la Novela Corta hablaba con mucha lentitud, el Cuento muy rápido, pues le gustaba contar sus historias de un solo golpe. El Cuento Oral, como no quería escucharlos a ninguno de los dos, alzaba la voz para acallar sus voces.

Sonó el timbre de nuevo. El Cuento se levantó aliviado. Eran sus hermanas menores, Fábula y Leyenda. La pequeña Fábula vestía una toga hecha con hojas de arce, era una ferviente amante de los animales y dando saltitos levantó dos jaulas para mostrarle al Cuento su nueva adquisición.

—Este es Tío Tigre y este, Tío Conejo. ¡No se llevan muy bien!

Fábula aseguró que a pesar de ser mascotas muy inquietas había aprendido de ellos valiosas lecciones de vida. Sin entretenerse mucho, Fábula corrió al patio para liberar a sus pequeñas mascotas. Leyenda era mucho más tranquila que su hermana, se quedó en el recibidor junto al Cuento quien no perdió la oportunidad para elogiar su bonito vestido de lentejuelas plateadas.

—Sí, es muy bonito. Lo hice con hilos de plata y estrellas que cayeron en el patio.

El Cuento no pudo evitar pensar «Pequeña mentirosa». Pasados unos diez minutos llegó el último de los invitados: el Poema en Prosa. Llevaba un traje de segunda mano, la barba incipiente y un leve olor a whisky. Entró a la casa hablando en un tono pomposo, soltando metáforas al azar. Para el cuento, el Poema en Prosa no era más que una mala poesía, sin ritmo ni musicalidad. El Poema en Prosa era una especie de hijo bastardo de la literatura, medio hermano del cuento y de la poesía al mismo tiempo. Prefería asistir a la reunión del primero, pues no quería encontrarse con sus más agraciadas hermanas, la Poesía y la Canción.

Cuando todos estuvieron sentados a la mesa, el Cuento leyó en voz alta el »Decálogo del Perfecto Cuentista» de su amigo Horacio Quiroga, que eran como los Diez Mandamientos para ellos.

—Cree en Allan Poe como en Dios mismo —comenzó—. Resiste cuanto puedas a la imitación… —así continuó hasta el final.

El almuerzo iba de maravilla, comieron emparedados y una fresca ensalada de lechuga. La conversación fluía bastante bien; el Cuento Oral y Fábula habían congeniado, al parecer el viejo tenía unas cuantas historias de animales que lograron cautivarla. El Poema en Prosa y la Novela Corta fueron impresionados por las metáforas de Leyenda. La Novela Corta les contaba alguna anécdota siendo ridículamente detallista en algunas descripciones. El Cuento vio al Poema en Prosa tomar notas por debajo de la mesa probablemente copiando ideas de sus dos hermanas.

—¿Quién viene allí?  —exclamó Fábula de pronto. Todos se giraron para ver tres figuras que se acercaban. El Cuento se sintió como si hubiese tragado tres kilos de plomo. El Anticuento y sus dos hijos pequeños se acercaban.

El Anticuento era el enemigo del Cuento, nadie estaba muy seguro de si eran parientes porque en realidad nadie estaba seguro de nada con influencia Dadá. El Anticuento ni siquiera era un género definido, solo un rebelde sin causa cuyas normas para escribir eran: no contar acciones con sentido, no urdir tramas, no respetar la gramática ni el orden cronológico, entre otras tonterías que al Cuento lo sacaban de quicio.

De sus experimentos habían nacido sus dos hijos. La primera, una adolescente histérica llamada Historias Adversas, siempre llevaba una laptop consigo. El segundo, un niño de 8 años de la llamada que tenía por nombre Microcuento y no soltaba su tablet jamás.

El Anticuento saludó a todos con arrogancia, vestía una chaqueta de cuero negro y lentes de sol. Ocupó la punta de la mesa y sus hijos los asientos a cada lado de su padre sin despegar los ojos de las pantallas. Casi todos en la mesa guardaban silencio. Sin más preámbulos, el Anticuento comenzó invitó a sus hijos a presumir sus éxitos.

—Esta semana mi historia, Alicia en el País de las Quesadillas recibió un premio a la originalidad —canturreó Historias Adversas.

—Por favor —soltó el Cuento indignado—, lo único que haces es cambiar un poco mis mejores obras  y venderlas como tuyas. En Caperucita Violeta  solo cambiaste el color de la capa.

—¡Por supuesto que no! —se defendió—, Caperucita Violeta es acerca de una joven moderna que conoce sus derechos y no permitirá que ningún lobo la acose. En su canastita lleva spray pimienta y el Manifiesto de Igualdad de Género.

—¡Plagio! —gritó el Cuento, que era conocido por su intensidad.

—¡Basta!, ¡Cuento, no es tiempo de discutir! —dijo la Novela Corta.

—¿Cómo te ha ido Microcuento? —preguntó Fábula, alzando la voz para cambiar de tema—, escuché que ahora eres un nuevo género.

Microcuento alzó la vista emocionado.

—Sí, los estudiosos opinan que soy muy novedoso, mis historias caben en un tweet.

Todos en la mesa lucían confundidos.

—¡¿Un qué?! —gritó el Cuento Oral que era un poco sordo.

—Supongo que es un libro pequeño —opinó la Novela Corta.

—O una página… —intervino el cuento.

—No, no, no. ¡Un tweet! —aclaró Microcuento—. Ya saben, redes sociales.

Los comensales estaban aún más confundidos.

—¿Es una metáfora? —inquirió Leyenda.

El Microcuento estaba muy frustrado. El Anticuento lo animó a contarles su historia. Microcuento se puso de pie en la silla tomó aire y narró:

—«Y cuando despertó, el dinosaurio aún estaba allí».

—¿Y luego? —preguntó Leyenda.

—¿Y luego qué? —contestó el Microcuento.

—¿Luego qué pasa?

—¡Nada! Eso es todo.

Un segundo de silencio y toda la mesa estalló en carcajadas. El Poema en Prosa tomó un trago y brindó para sus adentros, por primera vez había alguien más patético que él en la mesa. El Anticuento estaba rojo de ira, se levantó y vociferó:

—¡Debería darles vergüenza burlarse de un niño pequeño!

Los familiares trataron de contener la risa sin éxito. El Anticuento les dirigió una mirada asesina por encima de sus gafas y el ruido en la mesa cesó, solo se escuchaba a Cuento Oral que ocultaba sus carcajadas en un fingido ataque de tos.

Para calmar los ánimos Novela Corta sugirió que se sirviera el postre y el té. Cuento se apresuró a buscar la tetera y una espléndida tartaleta de manzana, Leyenda se encargó de acercar la vajilla y las tazas de té. El silencio reinaba mientra todos engullían el postre. Microcuento e Historias Adversas seguían enfurruñados, ocultándose tras sus pantallas. El Anticuento miraba a sus acompañantes con ojos maliciosos en busca de una pobre víctima para sus crueles comentarios.

—¿Cómo has estado Poema en Prosa? —preguntó el Anticuento por encima de los demás. El Poema en Prosa tragó saliva con fuerza, ya conocía  las preguntas de su hermano—. ¿Has tenido muchas publicaciones este año?

Poema en Prosa vertió el contenido de su petaca en la taza de té y se lo bebió de un tirón.

—Bueno, no ha sido sencillo publicar este año —respondió muy poco convincente—. Con lo de la crisis del papel y todo eso. —Era una excusa muy pobre para explicar que nadie estaba muy interesado en publicar su género.

—Interesante —comentó el Anticuento con ironía—, jamás había escuchado sobre esa crisis.

«Yo tampoco», murmuró Poema en Prosa.

¿Qué hay de ti, Fábula?inquirió Anticuento en los últimos años no he leído nada de ti ni de tu gemela.

Fábula y Leyenda intercambiaron miradas.

– Creo que ambas tenemos más historias de las que necesitamos- contestó Fábula encogiéndose de hombros. El Anticuento soltó una risita de autosuficiencia. Cuento, que ya estaba perdiendo la paciencia, tuvo la osadía de preguntar:

– Dime, Anticuento, ¿qué se siente  ser el único miembro de la familia que ha publicado un solo libro en toda su vida?

Cuento había tocado un punto sensible. Los hijos de Anticuento lo miraban expectantes con la esperanza de que su padre negara semejante atrocidad, pero no lo hizo.

– Supongo que no les contaste a tus queridos hijos que solo Phillip Stevick se interesó en tu género- prosiguió Cuento elevando la voz-. ¡Qué terrible! No debe haber secretos entre padres e hijos.

El Anticuento parecía estar echando humo por las orejas, la escena era tan tensa que podía cortarse con un cuchillo.

– ¡Aaaaah!

Sin previo aviso, el Anticuento  se abalanzó sobre Cuento e iniciaron la Tercera Guerra Mundial.

– ¡Yiiija!- cantó el Cuento Oral sacando su banjo para tocar, feliz de que hubiera un poco de acción.

El comedor era un desastre, Cuento y Anticuento se arrojaban tazas, platos, alimentos. Las bestias de Fábula habían escapado y una correteaba a la otra con Fábula siguiéndolas de cerca. Microcuento y Leyenda se unieron a la lucha y se lanzaban los frutos de los naranjales. Novela Corta estaba agachada poniéndose a cubierto bajo la mesa. Historias Adversas registraba todo con su teléfono y Poema en Prosa se escurrió a la cocina y volvió con una botella de ron a medio tomar.

El Cuento y el Anticuento rodaron por el suelo mientras se insultaban. Tan ensimismados estaban en su pequeña lucha que no notaron el silencio repentino. Los gritos en el comedor cesaron y poco a poco las cuerdas del banjo, dejaron de sonar. Una sombra enorme cubrió a los dos hermanos y alguien carraspeó.

– Ya es hora de que se levanten.

Al alzar la vista divisaron a su hermana más vieja y sabia: Novela Larga. Parecía una mezcla de anciana y tortuga. Su frente caía sobre sus párpados, estos caían sobre sus mejillas las cuales descansaban en su cuello, era muy gorda y llevaba un bastón. Ocupó la punta de la mesa y ordenó a Cuento que le sirviera un pedazo de tarta. Todos se sentaron a la mesa y permanecieron callados observando a la anciana engullir el postre.

– Hay dos fracasados en la mesa- declaró Novela Larga mirando a Cuento y al Anticuento- y ninguno de ellos es Poema en Prosa. Anticuento, llevas al Cuento en tu nombre; eres igual que él  solo que doblado, volteado o cortado. Cuento, Anticuento no es más que un hermano menor que desea tanto ser como tú que en su afán de superarte ha hecho muchas locuras. No deben odiarse, pues encontrarán en el otro a su gemelo. Nunca más volverán a pelear.

Los hermanos asintieron obedientes. Novela Larga inspiraba respeto y temor en todos sus parientes, sus órdenes debían cumplirse sin excepción. Los miró a todos atentamente antes de hablar:

—¿Saben qué es lo más difícil de escribir? —preguntó—, colocar una palabra tras otra y procurar que estas sean las correctas. «Un buen escritor expresa grandes cosas en pocas palabras». ¡Recoged todo y poned el comedor en orden! —mandó con voz estridente, levantándose, a lo que todos obedecieron sin demora—. La próxima vez que se os ocurra echaros en cara vuestros éxitos, traeréis todos sus Premios Nobel y yo traeré los míos. Si me superan en número, prometo no volver a meterme en vuestros asuntos.

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