Te lo dije

Alejandro flores

 

Eres un mal hablado, prejuicioso, ligero para hablar, malicioso. Son palabras que he escuchado desde los preludios de mi adolescencia, teniendo como protagonista de ese primer acto a mi Papá. ¿Por qué? Por haberle dicho que su socio de aquella época era una persona deshonesta, indigna de su confianza y que finalmente lo estafaría. Mi Papá no me creyó y sucedió tal como yo lo había dicho. Le quitó una buena parte de su patrimonio llevando a mi familia a una mala racha económicamente hablando.

Con el pasar de los años, surgieron situaciones en las que me di cuenta de un don muy particular: el de conocer las intenciones de las personas con solo ver sus rostros. Saber cuáles eran sus intenciones, niveles de honestidad, obtener rasgos inmediatos de sus personalidades. Cualquiera pensaría que soy una especie de brujo pero nada de eso. Simplemente los miro y recibo toda esa información sin mediar palabra alguna. Lo malo es que nunca me creen, y cuando finalmente suceden las cosas, es como si no recordaran lo que les dije previamente al suceso.

No recibo ningún tipo de reconocimiento o crédito por ello. Es injusto que teniendo un don —usándolo para el bien de los demás— nadie me crea ni un poco, sino que más bien me toman por alguien paranoico, con excesiva imaginación y que no tiene más nada que hacer sino calumniar a diestra y siniestra. Vaya consuelo para alguien que solo quiere aportarle un bien a quienes lo rodean. Es algo que va más allá de lo injusto. ¿No les parece?

Me resulta una especie de tortura el hecho de ver como a la par de materializarse lo que les digo, no toman en cuenta mis palabras ni siquiera al ver el más mínimo indicio de certeza. Es una sensación similar a la que debe sentir el médico, que haciendo valer su juramento hipocrático, consagra su alma para intentar salvar la vida de un paciente que no quiere seguir vivo y termina muriendo.  

Llevando esta cruz a cuestas, puedo decir que ostento una élite de personas que componen lo más granado de mis afectos, y que cada día va en aumento. Familiares, amigos y compañeros de trabajo forman lo que he bautizado como el Club de los No Creyentes. Algunos ya no me soportan, se predisponen al verme, incluso, han llegado al grado de evitarme. ¿Qué puedo hacer? ¿Callarme y convalidar el mal proceder de los demás con mi silencio? ¡Eso jamás!

Si tengo este don es para utilizarlo, guste o no, y nadie me lo va a impedir. Es problema de ellos si no me creen. Yo cumplo con decir lo que percibo. Prefiero vivir mi día a día inmerso en la utopía de hacer las cosas bien, esperanzado en que alguien me llegue a hacer caso, así no reciba ni un simple agradecimiento. Si ello no sucede, solo me queda sonreír irónicamente y enarbolar la bandera del «Te lo dije».

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *