Tu olor en mí

Alida Domínguez Sosa

Desde el segundo mes, Mariana sintió repulsión por casi todos los olores. Las cremas en particular le causaban arcadas incoercibles. Abandonó su trabajo y limitó su vida social. Era raro que las náuseas se prolongaran tanto, pero el obstetra lo consideró aceptable, aseguró que acabarían en pocas semanas y les pidió paciencia.

Nació una nena delgada, sana y algo, en efecto, cambió. Su sentido agudizado comenzó a reportar ventajas a la primeriza. Mariana se levantaba aturdida, pero desde el cuarto, podía escoger con certeza el grosor del pañal que necesitaría. El dulzor de su leche le avisaba la hora precisa para amamantar. El salitre de una sola lágrima, anticipaba el arrullo para dormirla de nuevo. Se aminoraron así los sobresaltos y el desgaste de los primeros meses.

A pesar de esta «particularidad», su vida transcurría entre quehaceres ordinarios de una familia digamos, «aplanada».

Casi todos los viernes, recibía una excusa rutinaria que retrasaba la llegada de su esposo hasta la madrugada. Le esperaba despierta, porque se despertaba algo en ella. Abría la puerta minutos antes de que Jorge estacionara. Inspiraba profundo y percibía el aroma del tabaco, del spray de menta que intentaba ocultar el aroma del tabaco, del perfume de mujer, de los fluidos alcalinos, del jabón de avena que trataba de ocultar el perfume y los fluidos.

Lo abrazaba sin reproches y se acostaba excitada tratando de descifrar la marca del jabón.

Pasaron los años y se sintió bendecida, abrazó su condición y ganó confianza. No era el alma de las fiestas, pero recibía invitaciones, entretenía a los niños adivinando los sabores de los caramelos ocultos en sus manos, improvisaba catas con la excelencia de un sommelier. Se hicieron asiduos a un restaurante donde un chef amigo le presentaba pócimas retadoras. El movimiento sin gracia de sus manos que acercaba el aire para diseccionarlo, preparaba los aplausos que rompían una vez pronunciaba convencida los ingredientes exactos: «amargo de angostura, nuez moscada, eneldo fresco». La cuenta iba por la casa.

Su vida ahora era menos plana. Un nuevo embarazo, una nueva esperanza y el temor a perderlo todo. El parto fue rápido y al despertar, Mariana reclamó por un creciente olor a basura, agrio, putrefacto. Cubriendo su cara, abrió la puerta y la ventana, lo abanicaba todo, contenía la respiración, se aferraba a un frasco de alcohol que parecía bloquear sus sentidos y calmarle. El llanto, los gritos y la conducta errática convocaron a una junta de neurólogos que, tras varios estudios, descartaron lo orgánico.

Lo siento, no hemos encontrado aún la causa de la cacosmia. Solo puedo decirles, que es muy sensible o imagina olores desagradables.   La especialista se retiró dejándolos en ruinas.

Acordaron internarla en un privado del ala psiquiátrica. Cura de sueño, psicotrópicos, tareas dirigidas, delgadez. Regresó a casa con Betsy, su hermana, quien le había acompañado desde su primer embarazo. Betsy le peinaba con ternura, le alentaba a ejercitarse, le bañaba con productos neutros y —habiendo descubierto el efecto beneficioso del frasco alcoholado— le regalaba de vez en cuando, una mota empapada antes de dormir.

Ese viernes, Mariana bajó de prisa, abrió la puerta e inspiró. Allí estaba el auto anunciando el olor a tabaco, a menta del spray que oculta el tabaco, a jabón de avena que oculta el olor de fluidos y perfume de mujer.

Abrazó a Jorge en silencio.

Se acostó con los ojos apretados dejando caer la mota de algodón sin que Betsy lo notara.

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