Un olor ajeno

Juan Carlos Díaz Méndez

Desde temprano ella estaba poseída por el estado nervioso que se le presentaba cuando Ariel iba a visitarla. Salió en el momento justo en que el reloj de la oficina marcaba en su pantalla de dígitos rojos las cinco de la tarde. Todos se dieron cuenta de su nerviosismo. Sin embargo, nadie hizo preguntas, ni siquiera por chisme. El final de los viernes los cerebros de sus compañeros estaban tan abarrotados por los excesos de trabajo y las ganas de irse a relajo, que omitieron su caso. Ella fue la primera en atravesar el umbral de las enormes puertas de cristal del edificio, tomó un taxi y llegó a su apartamento media hora después, con las uñas roídas sin piedad por la sierra de sus dientes incisivos. Ya habría tiempo de arreglarlas. Sintió el olor ajeno al abrir la puerta, no hizo caso, la prisa le ordenó desnudarse, regando la ropa sobre los muebles. De inmediato, se introdujo en la ducha.

Quince minutos más tarde estaba en la habitación ejecutando el ritual de embellecimiento sobre la cama. El rímel oscuro, la crema corporal, la pintura de uñas, el labial, la paleta de polvos de color, acetona, algodón, hisopos y la lima de cartón duro. Al parecer, todo estaba a su alcance sobre la cama, sin embargo, ella sintió que le faltaba algo y no era un hecho palpable el que le advertía. La ausencia de ese algo se debía a un presentimiento. Se detuvo, instintiva, a observar durante un breve tiempo el desplazamiento de la aguja del segundero del reloj a batería que colgaba en la pared sobre la peinadora. No advirtió la hora, sentía fascinación por ese movimiento de la aguja más delgada del reloj y su sonido. Tal contemplación le reveló el silencio de su estado.

Percibió de nuevo el aroma ajeno, el cual fue enmascarado de inmediato al abrir el frasco de acetona para limpiar los residuos acrílicos de sus uñas. Ella pensaba en Ariel. En la noche que lo conoció y, de inmediato, se entregaron a ese juego pasional que les consumía. Su historia comenzaba allí, había olvidado sus desaciertos amorosos, su independencia consiente y hasta la fervorosa afición por su familia. A los 27 años, con un título universitario, un empleo rentable, un apartamento pequeño, pero cómodo, ella se había enamorado con certeza, solo le faltaba eso para completar su equilibrio. Aunque le preocupaba que habían condicionado su relación a lo incondicional, por los caprichos de sus ocupaciones y distancias. Pero habían concertado que esa era la manera de llevar una relación perfecta, sin riesgos para la individualidad de cada uno.

Pasando la crema por su cuerpo cerró los ojos, untó sin mesura la espesa sustancia llevándola con sus dedos vigorosos a los puntos posibles de la piel. Repitió en los sensibles, dejándose llevar por el pensamiento que la mantenía cautiva. Se sintió deliciosa, apetente para Ariel. Se detuvo y se incorporó de golpe. Alguien la observaba.

Eso creyó y tomó el primer objeto contundente que pudo alcanzar, el paraguas de punta de jabalina. Desnuda, buscó por todo el apartamento. Nada, la puerta había sido asegurada a pesar de su prisa previa. Ni se ocupó de las ventanas, era imposible trepar a ellas cinco pisos. Sintió frío y nuevamente llegó a su olfato el olor ajeno, esta vez más sinuoso. Revisó la cocina. Todo en orden. El cesto de basura estaba vacío. Ella regresó a la habitación en la que los aromas de su belleza desdibujaron el acentuado olor ajeno. Tomo una cobija y cubrió su desnudez. Obvio la ropa que había apartado para recibir a Ariel. Así estaba mejor, respiró profundo y se calmó. Se recostó en el sofá, sin poder dilucidar el origen del olor ajeno que impregnaba la estancia.

Ella posó su mirada en el otro reloj de agujas que estaba en la sala. Casi con la mente en blanco, despidió el deseo de tocarse. Quería estar intacta para Ariel. Pero Ariel no llegó, como había sucedido otras veces. Ni llegaría, su automóvil a excesiva velocidad saltó una defensa de la Autopista Regional del Centro, fue a las cinco de la tarde. Las personas que atendieron la emergencia apreciaron el olor que emanaba del herido, luego fue un lamento general.

Cuando ella despertó. Sintió el desasosiego de la ausencia. Un sentir superior a la carencia del día anterior. Se sintió cansada de la inconsecuencia de Ariel, derrotada, se desperezó. Consultó su teléfono móvil. No tenía nada. Ni un mensaje. Así era Ariel, así era ella. Se aseó y vistió ropas deportivas. Saldría a hacer ejercicio. Al abrir la puerta se dio cuenta de que el olor ajeno había desaparecido.

 

Díaz Méndez. Junio de 2017.

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